• Desde 1944, ambos países se rigen por el Tratado de Aguas, un acuerdo binacional diseñado para distribuir de manera equitativa los recursos hídricos fronterizos.
La Paz, Baja
California Sur.- México y Estados Unidos comparten tres grandes cuerpos de agua
superficial: los ríos Bravo, Tijuana y Colorado. Desde 1944, ambos países se
rigen por el Tratado de Aguas, un acuerdo binacional diseñado para distribuir
de manera equitativa los recursos hídricos fronterizos. Sin embargo, más de
ocho décadas después de su firma, el cumplimiento del tratado enfrenta uno de
sus momentos más complejos.
Aunque el
tratado establece que la entrega de agua del río Bravo se realiza por ciclos de
cinco años, las presiones geopolíticas han escalado. México entregó 249
millones de metros cúbicos de los 986 que debe tras una amenaza del presidente
Donald Trump que fijó como fecha límite el 30 de enero para cubrir dicho
volumen, aun cuando el propio tratado permite cubrir los volúmenes durante el
quinquenio en curso.
Ahora la
presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra negociando con el gobierno
estadounidense y con los gobernadores del norte de México, un plan que le
permita cumplir con los compromisos internacionales sin afectar el suministro a
las ciudades ni a las actividades económicas.
Se trata de un
escenario marcado por la sequía, el cambio climático y el crecimiento de la
demanda de agua que ya puso a México en serias dificultades en el último ciclo
quinquenal, 2020-2025, que cerró el 24 de octubre.
Un tratado pensado para otro tiempo
Cuando se firmó
el Tratado de Aguas, hace 82 años, la realidad hídrica de la región era muy
distinta. La actividad agrícola era intensa, la población menor y el problema
central era cómo manejar los excedentes de agua.
“La actividad
agrícola era muy grande y la demanda de agua por la población era muy baja. En
aquel tiempo, se administraba el excedente de agua, sin embargo, desde hace 25
años lo que se administra es el déficit de esta”, explica Alfonso Cortez,
profesor investigador titular en El Colegio de la Frontera Norte (Colef) y
director de la Unidad Mexicali.
En aquel
entonces, los volúmenes asignados se basaban en los promedios históricos de los
flujos de los ríos, así como en las poblaciones y actividades productivas
existentes. Hoy, ese equilibrio se ha modificado de forma sustancial.
“Se ha reducido
la actividad agrícola, principalmente, del lado mexicano. Y por otra parte el
uso público urbano y doméstico del agua ha crecido, y esa demanda viene incluso
de ciudades que están fuera de las áreas de las cuencas”, señala Cortez. Por
ejemplo, menciona que San Diego, Tijuana y Rosarito dependen en gran medida del
agua del río Colorado, a pesar de estar fuera de su cuenca.
A esto se suma
el impacto del cambio climático. En las últimas décadas, las condiciones que
alimentan los grandes sistemas hídricos de la región se han alterado de forma
drástica.
“Definitivamente,
las condiciones han cambiado. En los últimos 25 años, las temperaturas no han
sido suficientemente bajas en las cabeceras de la cuenca del río Colorado para
que la nieve se acumule y derrita eficientemente, lo que ha disminuido la cantidad
de agua que fluye por el río y llega a las presas”, explica Roberto Alejandro
Real Rangel, hidrólogo para el Delta del Río Colorado en The Nature Conservancy
(TNC).
Uno de los
factores más determinantes de la reducción de recursos hídricos es la sequía
que afecta al norte de México y al sur de Estados Unidos desde finales de la
década de los noventa.
“Otro cambio
significativo observable ha sido la sequía prolongada, hablamos de una mega
sequía”, señala Cortez. Este fenómeno se caracteriza por períodos más largos,
frecuentes e intensos de escasez, que obligan a replantear la forma en que se
gestionan los recursos hídricos.
Real detalla
que, aunque los mapas de sequía de corto plazo —como los del último trimestre
de 2025— no siempre muestran condiciones extremas, el análisis de periodos
prolongados revela un panorama más crítico. Al observar estadísticas acumuladas
de 24 meses, se identifican impactos severos, especialmente en la cuenca que
alimenta al río Bravo.
La falta de
lluvias y el aumento de temperaturas provocan abatimiento de acuíferos,
reducción de flujos en ríos y disminución de niveles en lagos y lagunas.
“Con base en esa
información que está disponible públicamente, podemos ver que hay condiciones
de déficit de agua, es decir, de una sequía prolongada, severa”, añade Real,
quien subraya que el aumento de la evaporación complica aún más el cumplimiento
del tratado.
El déficit
hídrico afecta a la agricultura y a la industria, pero Real señala que también
tiene consecuencias ambientales significativas. En el río Colorado, por
ejemplo, el déficit se administra mediante recortes proporcionales en las
entregas, lo que impacta directamente los volúmenes destinados al medio
ambiente, un usuario del agua.
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Crisis previas y mecanismos de solución
La actual
disputa no es la primera crisis que enfrenta el Tratado de Aguas. En el pasado,
conflictos similares han derivado en soluciones negociadas.
“Ha habido otras
crisis anteriores por la falta de cumplimiento o por no cumplir de manera
puntual”, recuerda Edgar Carrera, coordinador de proyectos en el Delta del Río
Colorado para TNC, quien menciona el problema de la salinidad en el río
Colorado como un antecedente clave en la década de los 70’s.
Ese conflicto
dio lugar a la minuta 242,
titulada Solución permanente y definitiva al problema de la salinidad en el río
Colorado, a través de la cual se establecieron estándares de salinidad y
mecanismos de compensación y manejo del agua que dieron pie a la inversión de
infraestructura y tecnología para desviar las aguas salinas. Este es un ejemplo
de cómo el tratado cuenta con mecanismos para adaptarse, según Carrera.
Cortez también
rememora el episodio del año 2000, durante los gobiernos de Vicente Fox y
George W. Bush, cuando México no logró cumplir con el pago completo del
quinquenio. La solución llegó mediante tres actas del tratado y un
financiamiento de 80 millones de dólares para infraestructura hidroagrícola en
Chihuahua.
Desde estos
antecedentes, para los especialistas la discusión no pasa necesariamente por
reemplazar el Tratado de Aguas, sino por utilizar y fortalecer sus mecanismos
de adaptación.
“Es un documento
de hace como 80 años, pero cuenta con herramientas que permiten actualizarlo y
ajustarlo a las condiciones actuales”, señala Real, quien destaca el papel de
las minutas como enmiendas que permiten atender casos específicos.
Cortez coincide
en que cambiar el tratado sería riesgoso para México. “Más vale mantener ese
tratado y trabajar mucho mejor técnica y diplomáticamente las actas del
tratado”, afirma, recordando que existen más de 300 actas que han permitido
ajustes a lo largo del tiempo.
Para el
investigador, un elemento clave es ampliar la participación en las
negociaciones, incorporando a actores locales, académicos, sociales y
gubernamentales. “La crisis del agua es en mucho una crisis de gestión del
agua”, concluye. Aun frente a la sequía, señala, la demanda puede modificarse
con una gestión más inteligente y equitativa del recurso.
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Últimas actualizaciones
Para saldar la
deuda de agua, la presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que se contempla
entregar agua desde Chihuahua y Nuevo León, así como desde Tamaulipas y
Coahuila. Según Cortez, esta estrategia aprovecha las diferencias hidrológicas
dentro del norte del país y la conectividad natural de los ríos y afluentes
hacia la frontera.
“Aún queda un
adeudo de aproximadamente de 730 millones de metros cúbicos del pasado ciclo
(2020-2025) y hay que estar pagando eso junto con el presente (que culmina en
octubre de 2030)”, advierte Cortez. El mayor reto, subraya, es iniciar el
siguiente quinquenio sin deuda (2030-2035), algo que será difícil sin cambios
profundos en los patrones de consumo.
*Este artículo
se publicó originalmente en Causa Natura
Media.