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En privado - sábado 18 mayo 2019


La triste llegada de la grillito y la feliz partida de maría de Jesús Sánchez

--Búsquese a “La Grillito”, y trate de convencerla para que le cuente sobre su vida. A ver cómo le hace, porque es muy cabrona, y no le gusta platicar de ella.

La orden de trabajo periodístico, me la había dado mi director, Cristian Carlos. Y me dediqué a buscarla. Me dijeron que se la pasaba a las afueras de “La Mercería Armenta”, o del “Sears” (antes Dorians) por 16 de Septiembre; o en la banqueta de “El Ferry”, (16 de septiembre y Revolución).

Y una tarde encontré a María de Jesús Sánchez Velázquez, sentada en su soledad.

La quedé viendo por un instante; escuchando la melodía que brotaba de sus labios, y mirando en sus ojos sin vida, la tristeza. Rasgaba su vieja guitarra con sus descarnados dedos, y entonaba su canción con gran sentimiento. Con ese sentimiento como solo ella lo sabía hacer: “Para que quiero la vida, si tú ya no estás aquí, desde el día de tu partida, para siempre te perdí”.

A su lado, recostado en la pared, -como inseparable guardián-, su muñeco: Alberto.  Y frente a ella, un vaso de lámina, donde los paseantes le depositaban su lástima, sus monedas, su limosna.

Allí estaba La Grillito. Recluida en el azaroso rincón de su desgraciada vida. Rompiendo el ominoso silencio con las cuerdas de la guitarra y con su tierna voz;  aplastada en su silla de ruedas,  y sumida en las dolorosas tinieblas que ocasiona la ceguera: “así nací”, me habría dicho después.

La saludé. Y luego de prometerle un apoyo económico, aceptó abrirse  conmigo.

--¿Cuál es tu nombre, y cuántos años tienes Grillito?

-- María de Jesús Sánchez Velázquez, y tengo setenta y dos años.

--¿Tienes familia?

--Una hermana. Vive en Ciudad Constitución; he ido a visitarla, pero no nos llevamos bien.

--¿Me quieres platicar de ella…?

--No quisiera. Porque es parte de mi sufrimiento. Pero te voy a platicar: yo no quería venirme para acá, pero después de que en enero de 1977 murió mi Alberto, mi hermana con engaños se trajo a mi mamá diciéndole que estaba muy desesperada porque no hallaba dónde dejar a sus hijos y que quería ponerse a trabajar… hasta que la convenció. Entonces yo le dije yo a mi mamá:  “mira mi Nigio, porque a ella le decían La Grillito y yo de cariño le decía “Nigio” , si quieres ve tú y échale una vuelta a mi hermana,  y si de veras nos necesita, nos vamos… entonces me dijo mi mamá:  ¡No. Aquí se hace lo que yo digo y  nos vamos. Así es que cállate, y no hables más..! Entonces yo le dije: conste, que te quede muy bien grabado en tu cabeza que yo no quiero irme, porque presiento que yo no voy a ser feliz en ese estado… y la verdad yo no lo he sido feliz”.

--Cuéntame de tu muñeco... ¿Por qué Alberto?

--Porque es el recuerdo de mi esposo. Era un chaparrito que medía 1 metro 15 centímetros. Verás, lee lo que dice ahí. –Y me pide que vea un letrero colocado en el pecho del muñeco, el cual yo había leído con anticipación: “Soy Alberto,  nací el  8 abril de 1943 a las 5 de la mañana. Mi estatura, es así…  nunca dejaré a mi grillito, gracias a todos ustedes. Atte. Alberto”.

Enseguida, ante el silencio de su guitarra, agregó: “Alberto era mi esposo… era chaparrito, chaparrito; pero muy buena gente. Yo lo quise mucho…”.

--¿Y qué pasó con Alberto? –le pregunté.

--Se ahogó en un rio, allá en Ahome Sinaloa, fue en enero de 1977. –Me respondió con pena.

--Después de él,  ¿has conocido otro hombre…? –la interrogué de nuevo.

--Sí, aquí en La Paz, conocí a Mario Alberto. Vendía rosas en el malecón; él me hizo muy feliz porque me motivaba mucho. Y yo podía ver a través de sus ojos cuando en sus pláticas me dibujaba todo lo que miraba. Y me regalaba una rosa… todo eso me hacía muy feliz…

--¿Y qué pasó con Mario Alberto?

--También se me fue. Un día de tantos le pegó una enfermedad que lo hacía toser mucho y echaba bolas de sangre por la boca… murió el 15 de enero de 2015… y ahora después de que murió, entre más días pasan, siento que la vida  se me está yendo para abajo, para abajo… para abajo.

Después de reflexionar un poco, me dice unas palabras que le brotan desde el fondo de su alma: “Los seres humanos siempre necesitamos de alguien que se preocupe por nosotros; y cuando ese alguien  se nos va, con él también se nos va la vida… y ya no hay razón para vivir…”

--¿Sufres…? Platícame de tu sufrimiento.

-- Sufro mucho. Sufro porque no tengo a alguien que me quiera; sufro cuando las lluvias me azotan y en medio de esta oscuridad me encuentro en las banquetas y no sé qué hacer; sufro porque tengo que trabajar; sufro por mi pobreza, porque a veces tengo que dormir en las banquetas y porque cuando llueve se moja mi ropa, mi guitarra, mi Alberto;  Sufro porque la gente borracha me tumba de la silla, me golpea,  me roba mi dinero, mi guitarra y mi muñeco. Sufro por todo…

--¿Fuiste feliz alguna vez?

--Si. Antes era feliz,  porque yo sentía el cariño de todos; de mi mamá, de mi papá, de mi esposo… pero ya todos se han ido.

--¿Dónde te gustaría pasar los últimos momentos de tu vida?

--En Sinaloa, que es donde me crie. Me quedaría en La Paz si tuviera algún motivo para quedarme. Pero ya no tengo un motivo que me haga feliz.

---Muchas gracias Grillito. Ya me voy…

--No te vayas. Quiero cantarte una canción que le compuse a Alberto... a ver qué  te parece. Y me cantó: “Este lugar está triste, porque desde que te fuiste, no te volviste a ver más…”.

Y María de Jesús Sánchez Velázquez, La Grillito, luego de reencontrarse con su madre, con su padre, y con su Alberto, la tarde del miércoles 13 de junio de 2018,  ese día dejó acá sus sufrimientos, alcanzando, -por fin-, a ver la anhelada felicidad que no encontró en la tierra.