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En privado - sábado 09 febrero 2019


Lic. Andrés Manuel López Obrador


Sin tapujos, he decirle que la sociedad mexicana en general se enteró de su preclara intención de destruir los nidos de corruptelas que sexenio tras sexenio fueron construyendo los gobiernos incrustados en la práctica de la ilegalidad y en el sigilo de la perversidad.

Y como parte de ese compromiso, se echó usted a cuestas la gran responsabilidad de abatir ese terrible y nocivo cáncer como lo es la impunidad, que mucho de parentesco tiene con la corrupción.

Lo felicito, -como seguramente lo hace todo el pueblo mexicano- por esa sana intención. Y porque fundamentalmente, -dentro de ese compromiso suyo-, sobresale el interés de mejorar los negativos indicadores que hasta hoy nos hacen saber de la terrible inseguridad que vivimos.

Entonces, es de agradecerse profundamente su disposición. Porque, -al menos en lo que a mi corresponde- he de serle reiterativo que la impunidad, duele, lastima, hiere;  y conduce a quien la padece al más cruel estado de indefensión; y produce un doloroso sentimiento de  impotencia, -a grado tal- que en muchas ocasiones, el pueblo,  se ha dispuesto a emular al famoso rey babilónico: Hammurabi, para aplicar su lex talionis y prever, si acaso es posible, con el “ojo por ojo y diente por diente”, tomar la justicia por propia mano.

Y todo, -porque desgraciadamente-, por más que el pueblo voltea la vista a todos lados, no ve otra alternativa.  Aunque, -de paso-  corra el riesgo de  convertirse también en un delincuente. Justamente igual que aquellos que profesan la impunidad.

Y es que desgraciadamente, la Impunidad, -señor presidente-, ha sido capaz de profanar las tumbas de quienes ofrendaron su vida por darnos libertad y escribir con su sangre, nuestros sagrados principios constitucionales. Y de paso, se ha burlado de la justicia y las leyes.

En síntesis, -señor presidente-, usted no ignora que la impunidad  disfruta de canonjías; de prebendas, y del derecho a picaporte a la arbitrariedad, a la ilegitimidad, al abuso, al exceso; y duerme el sueño de los justos en los archivos del olvido. Mientras su castigo, gravita mucho más allá de lo desconocido.

También, usted lo sabe AMLO: que donde hay impunidad, hay desconsuelo y malestar. Y También hay corrupción; hay defecación; hay putrefacción.

Y tanta pudrición trae desencanto para los integrantes de ese pueblo. Un pueblo como el nuestro. Y le produce hastió.

A todos.

Es por eso que -por algunos sectores-, se los desglosaré:

Los campesinos, señor presidente,  –los que aún quedan, porque los demás han muerto de inanición en su vana espera-, ya están cansados de sembrar semillas de esperanzas.

Ya están cansados de regar con lágrimas los surcos de la indiferencia, del desdén, de la insensibilidad; y de cargar a sus espaldas el abuso cometido desde las altas esferas de los departamentos agrarios y recursos hidráulicos.

Y –señor presidente- los campesinos, ya están cansados de cosechar penas y  llevar siempre su itacate repleto de hambre.

Hastiados de ver sus callosas manos y sus rostros marchitos. Y cansados de caminar tanto –con su sombrero de palma en la mano y sus huaraches desgastados-  sedientos de justicia y sitiándose dueños solamente de la tierra que traen entre las uñas. Porque a veces, no lo son ni de la pala o el azadón.

Los jóvenes, -los aún rescatables, porque los demás se han pasado a las filas de la delincuencia- ya están cansados de su ir y venir a las bibliotecas de la desesperanza, y de quemar sus pestañas en los libros del desprecio, la soberbia, y el importamadrismo.

Están hastiados de cargar en sus mochilas los pergaminos, diplomas y reconocimientos; y cansados de esperar mejores oportunidades.

Hastiados de esperar el futuro prometido y de pasear de un lado a otro el doctorado y el posgrado, con el solo derecho al subempleo; y solo para que les den un trabajo de lo que sea, mientras los intereses políticos se reparten el botín entre  asnos e ignorantes.

Los obreros, señor presidente, -los que aún viven porque los demás ya reposan en el olvido de  las fosas comunes- están cansados. Muy cansados de sentirse los acarreados; de ser el plato fuerte para los políticos en aquellos domingos electorales;  horrorizados de ver sus dedos cercenados en la guillotina del potentado;  y de sentir su ceguera provocada por el acetileno del magnate.

Y que conste. No es el raquítico sueldo lo  que les duele.

No.

Lo que más les duele es la indiferencia, la marginación y el desprecio.

Las mujeres, señor presidente,  –las que aún viven, porque las demás han muerto asesinadas por un irracional sistema que no supo o no ha sabido defenderlas- ya están cansadas  de cargar sus bolsos repletos de miedos.

Hastiadas de ser el papel vulnerable del machismo. De saberse un objeto sexual frente a una turba de maquiavélicos  degenerados que a la luz del día o a la sombra de la noche tejen sus redes de depravación y perfidia para enganchar a sus presas.

Y todos –señor presidente-. Todos están cansados de promesas. De escuchar la verborrea y los ensordecedores discursos de la  falacia y la política comprometida.

Entonces, a usted le asiste la razón cuando dice y asegura de que va a actuar con mano dura.

De no ser así, que el pueblo de México se lo demande.

Cuestión de tiempo.