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En privado - viernes 03 agosto 2018


Va Reflexión

 

Muchos seres,  al sentir la flaqueza y la debilidad producto de la inanición, no hacen más que aceptar los designios de Dios. Y ahí se van, escupiendo sangre,  tragándose el dolor y –como los perros-- lamiéndose sus heridas…

 

Amiga mía, amigo mío:

Le diré, justo como cuando en mi caso, la vida --en medio de tumbos, tropiezos, triunfos, fracasos, caídas  y levantadas--, me ha llevado ya casi a pisar los umbrales del más allá, sin  duda que me asiste la razón para decir: “bueno, pues qué más me da, si yo ya estoy más allá del bien y el mal…”, y eso, --amigas, amigos--, a seres como yo, nos da relativa tranquilidad.

 

Indudablemente.

 

Pero cuando derivado de esto, me pongo a reflexionar sobre el futuro de  mis hijos y los hijos de mis hijos, y los que a éstos les seguirán,  me asalta la cruel duda y me invade el temor sobre lo que vendrá sobre ellos.

 

Entonces se me aceleran las arterias; el corazón me da vuelcos, me invade un vacío en el estómago, y la intensidad de los vértigos aumentan;  y por consecuencia no me gustaría ni siquiera pensar lo que viene para ellos.

 

Pudiera creer que algo similar les acontece a ustedes mis inteligentes lectores. Y lo mismo les pasa  a muchos de aquellos, que son tus amigos, amigas, familiares o simplemente conocidos. Es decir a hombres y mujeres de buena voluntad.

 

Y ese estado de cosas –seguro estoy-- se les recrudece al pensar en la inseguridad e injusticia a que estamos expuestos. Y que por más que voltean a todos lados, solo observan esa terrible obscuridad que sienten que les absorbe; sin siquiera advertir un punto de luz que les conceda -al menos- un átomo de esperanza. 

 

Entonces el miedo se apodera de todo tu ser… el temor te abraza… y sientes aniquilada tu autoestima, en tanto la impotencia casi te convierte en un muñeco de trapo, con deseos ni de siquiera salir a la calle. 

 

Tal vez piensas que no son pocos los compatriotas que han dejado su propia vida en esa denodada lucha de encontrar la luz de la justicia,  en aras de que nosotros podamos vivir en un mundo mejor.

 

Y al cerrar tus ojos en esos momentos de reflexión, seguro estoy también que has visto  los dedos sangrantes de aquellos que han removido montañas de piedras en su afán de encontrar debajo de una de ellas la prestigiosa lámpara de Diógenes que al menos le dé un vestigio de que por ahí ha pasado la Señora Justicia.

Pero desgraciadamente, haz concluido en que los extenuados cuerpos de todos ellos se han quedado esparcidos al pie de la montaña en su vano intento por abrazarla y sentir su calor… su protección.

 

No es para menos, cuando  la Justicia, es aquella señora de clase alta, elegante, encopetada, de tacón alto y de buen vestir, que se contonea por los pasillos de la indiferencia y que por consiguiente no conoce  los senderos de la necesidad y la indigencia; ni del dolor y la pobreza.

 

Una señora que solo se mueve en las tinieblas, y que darías todo lo que fuera para portar la Lámpara de Diógenes y con su fulgurante luz encontrarla.

 

Una señora que a veces actúa con disimulo, otras con  falsedad y en reiteradas ocasiones se le observa incrustada en el engaño, en la mentira. Más nunca actúa  con discreción.

 

Así es, amigas, amigos… Una señora que pese a sus yerros, opta por moverse en los círculos elevados; que fácilmente se esconde y se evade en las cómodas oficinas; por eso es difícil saludarla.

 

Es por ello, que la sociedad marginada, se repliega en ese maldito estado de indefensión… de recluirse en ese despreciable rincón de la impotencia. Y no le queda otra que derramar lágrimas de sangre en su más cruel estado de desesperación.

 

Y muchos, al sentir la flaqueza y la debilidad producto de la inanición, aceptan los designios de Dios, escupen sangre, se  tragan el dolor y –como los perros—se lamen sus heridas.

 

Por eso yo he sido reiterativo que la impunidad hiere,  duele, lastima, y ofrece --a quien la padece-- un amargo sabor a coraje y a desesperanza;  y que por consecuencia, todo eso nos deja imborrables cicatrices de impotencia.

 

Por ende, seguro estoy también que esa turbia mezcla de intereses que tejen sus redes en las medianas y altas esferas de la política y la administración, es lo que coloca al pueblo contra la pared, sin otorgarle la más mínima posibilidad de defenderse.

 

Sin embargo  aún nos queda la esperanza. Y a ella nos abrazamos para seguir caminando, porque tal vez pudiera ser que la ansiada luz que tantos anhelamos aún está ahí al final del túnel.

 

Mas no han sido ni serán nuestras y nuestros flamantes diputados quienes nos conduzcan a la búsqueda de esa ansiada luz.

 

¿Por qué?

Porque  las y los actuales diputados, poco antes de desertar y bajo la sentencia de que aquí no pasa nada, (como lo hacen los cobardes), la gran mayoría de ellas y ellos se dedicaron a  matar el tiempo a través de Exhortos e Invitaciones; elaborando Decretos Paupérrimos  e Inconsistentes Puntos de Acuerdo,  y realizando Iniciativas triviales.

 

Tres años  inmersos en discusiones bizantinas, en pláticas carentes de argumentos, de análisis, de juicio,  y en eso dejaron traslucir su escaso conocimiento en el debate de las ideas, en los acuerdos y, por culpa de ellos, el pueblo sigue viviendo sumido en la indefensión… en la desconfianza… en la desgracia.

 

Y por todo eso, ahora nos quieren cobrar 10 millones de pesos cada uno de ellos.

 

¿Se los paga usted, o se los pago yo?.

 

Cuestión de tiempo.