Josue Estrada

ABCdario

22/05/2018 00:44 Por: Victor O. García

· ¡Qué tiempos aquellos! … San Juan de Arriba

 

Cerca de San Juan de la Costa --de donde proviene su nombre-- se encuentra el rancho de “San Juan de arriba”, a la vera de un rico venero de agua dulce que le da vida a un verde oasis enmontado de dátiles, junco, carrizos, sauces, chicuras y siemprevivas; hace cincuenta años proveyó de vida ese magnánimo oasis con las variadas siembras y cultivos de hortalizas, fríjol, maíz, habas, chícharo, mangos, guayaba, higos, cría de ganado y chivas, plantaciones de dátiles, algodón, dando lugar a la fabricación de diversos trabajos de talabartería como cintos, reatas, guantes, zapatos, cueras, curtiduría de pieles, baquetillas, chaparreras, estribos, sin faltar los canastos tejido con hoja de palma, sombreros y los cabestros tejidos a mano con cerdas de caballo.

 

Hace un par de años, en medio de una fuerte sequía, acampamos en ese lugar, muy cerca del ojo de agua y de los espigados sauces; en la noche, cuando jugábamos malilla, mientras se asaba lentamente un carnudo costillar, me platicaron la historia de la familia Orantes que muchos años atrás hizo próspero el rancho con el esfuerzo y trabajo de la familia; en ese tiempo transportaban la producción de dátiles pasados, queso, carne seca, verduras, algodón y todo tipo de granos desde San Juan de Arriba en lomo de bestia a San Juan de La Costa, y de ahí en canoas a remo hasta el Cajón de Los Reyes, lugar donde llegabas el camino de carro y de allí transportarlo en carretas hasta la casa Ruffo y a la suela Viosca que era su destino final.

 

En el área y sus alrededores se encuentran otros ojos de agua (oasis) no menos productivos como el Saucito, la Huertita y el Calaboz, que hace cincuenta años dieron vida a numerosas familias originarias de la zona; Orantes, Ruiz, Almaraz, Moreno y Sosa, quedando vestigios de ese pasado que forjó, desde esas áridas sierras, nuestra centenaria comunidad de sangre; es inimaginable pensar que en esos remotos lugares, hostiles, inhóspitos, de tierras curtidas por las sequías y montes devastados por falta de lluvias, pudiese haber vida; ¡y la hay!; increíble como un puñado de sudcalifornianos vencieron el desierto sin más herramientas que su voluntad, tenacidad, esfuerzo y trabajo.

 

San Juan de Arriba, conocido también como la “tinaja de Orantes”, en las estribaciones de la sierra de La Giganta, sigue siendo un agradable lugar donde hoy solo es visitado por “campeadores” ocasionales y uno que otro “venadero” que “parajean” en la zona; en tiempo de secas bajan al agua borregos cimarrones, venados, “liones” (pumas) y demás fauna silvestre, de su pasado glorioso solo quedan los recuerdos y la nostalgia de un pasado que no volverá; estoy invitado para los próximos días caminar la zona y andar el camino real que cruza la sierra de la Punta del Mechudo y de San Evaristo al Coyote para juntar saya y semillas de saya y pencas de maguey para revivir lo que hace 70 años vivió el “Pilarillo” Almaraz, con la preparación de dulce de pencas de maguey, tortillas y café de saya.

 

El mismo camino real que hace más de 100 años recorrió don Guillermo Almaraz Ortega y doña Tomasa Alvares, en su incansable lucha por la supervivencia; en 1944, don Guillermo Almaraz dejo su precaria forma de vida que había tenido en la sierra de Tepentú siguiendo el mismo rol y practicando las mismas formas de caza y recolección que se conocieron doscientos años atrás cuando se formaron los primeros ranchos sudcalifornianos, para pescar tiburón y cultivar sal en San Evaristo, y poco después contratarse en la salina de la Isla San José como jornalero; en los cincuenta fue contratado por el escritor Fernando Jordán como “huertero”, con una paga quincenal de 15 pesos: Fernando Jordán cultivaba una pequeña huerta en San Juan de la Costa, regaba con un viejo motor Perkin que bombeaba agua de un pozo artesanal; a decir de los hijos de don Guillermo Almaraz, se cultivaba maíz, forraje para los puercos, camotes, calabazas, uvas, betabeles, repollos, zanahorias, habas, chícharo, frijol azufrado, frijol de urimón (algunos le dicen curimón), uvas, higos, etc., producción que el escritor compartía con el General Agustín Olachea Avilés, quien lo apoyaba en sus incansables viajes de exploración por las costas y sierras sudcalifornianas.

 

En ese tiempo, doña Soledad Orantes, Celestino y Siriaco Orantes, en una canoa de don Nicolás Ruiz conocida como la “Tecolota”, hacían la travesía desde San Juan de la Costa a La Paz en día y medio a remo transportando algodón, mango y uvas pasadas (pasas) que vendían por su propia cuenta sin necesidad de entregarlas en la casa Ruffo o en la suela Viosca, como era el caso de las pieles y trabajos de talabartería; época de fuertes sacrificios y de grandes satisfacciones que permitió que varias familias originarias sobrevivieran de los frutos de la tierra y del mar; hoy todos esos ranchos lucen abandonados, enredados en viejos litigios judiciales por la propiedad de la tierra.

 

He recorrido la mayor parte de los ranchos que hace cincuenta años daban de comer a numerosas familias originarias de la que solo los recuerdos quedan; estoy por recorrerlos de nuevo y caminar el viejo camino real por donde hacían sus travesías los misioneros hace más de trescientos años con recuas cargadas de bastimento (básicamente granos, sal marina y carne seca de res y pescado) para abastecer las misiones; viejos parajes misionales donde aún se respira los “aigres” de nuestra sedentaria forma de vida que abrió paso a los primeros ranchos sudcalifornianos. ¡Qué tal!. Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com