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Convierten la vida en ficción

06/08/2017 23:45 Por: Redacción Convierten la vida en ficción

El curador y crítico de arte catalán recrea en una novela sucesos reales protagonizados por artistas como Warhol, Basquiat y Burroughs, en la efervescencia cultural de los 80

CIUDAD DE MÉXICO.

Andy Warhol, Michel Basquiat, Marina Abramović, William Burroughs y Keith Haring se topan en una fiesta. La última fiesta de los años 80. Celebran el final de la utopía de libertad. La libertad del cuerpo, la sexualidad, la creatividad. El festejo dura años, y lo mismo tiene lugar en una galería o un museo, que en un escenario de conciertos o la misma calle. Cada artista se agasaja a su manera: Abramović en performance con su cuerpo como objeto, Warhol en su Factory como la máxima democratización del arte y Wendy O. Williams en conciertos casi desnuda.

La fiesta la organiza, en un sentido metafórico, el curador y crítico David G. Torres (Barcelona, 1967). La cita es la novela Cielo (Turner), un relato que transita entre la delgada línea de la ficción y realidad. Historia a manera de collage narrativo que toma hechos verídicos de la vida de los artistas para enlazar un encuentro onírico. Un “remolino” estético que da cuenta del final de esa utopía de la vida libre.

Con un lenguaje juguetón, casi irónico, Torres coloca en un mismo espacio-tiempo a Abramović, conocida por su arte performático, con Wendy O. Williams, cantante de punk de la banda The Plasmatics. Ambas portan un arma, ambas usan su cuerpo como objeto estético, ambas rompen reglas. También se encuentran, en este mundo onírico, Jean-Michel, compositor de música electrónica, y Andy Warhol, y discuten sobre la pureza del arte del músico.

Así se teje un entorno artístico de dilemas morales, de crisis de libertad, de shockpor vivir en riesgo. Un entorno que ve el final de esa expresión sin límites. Son, dice el autor, los años 80 entendidos como el último respiro sin ataduras y el inicio de un arte más ortodoxo, la plástica dentro de los parámetros de la institución.

“Es una década que entiendo como un último momento utópico del uso de la libertad en un sentido sensual, corporal, de dogmas muy heredada, lo que habían significado las vanguardias, la ilusión de vivir de una manera irresponsablemente sin tener miedo y que se acaba cuando llega oficialmente el SIDA y cambia nuestra relación con la sexualidad, las drogas y el cuerpo. En ese sentido, me parecía importante recordar esa libertad vista desde el arte”, explicó en entrevista el también autor de No más mentiras, sobre el origen de la no ficción en el arte contemporáneo.

Cuando el crítico habla del fin de la libertad, se refiere a que, desde su perspectiva, artistas posteriores a los años 80 tomaron más precauciones en su práctica. Límites al uso, por ejemplo, de su cuerpo, menos riesgos en acciones o propuestas en vivo. Ya no hay planteamientos extremos, como el de Abramović, cuando en el performance Ritmo cero permitió al espectador hacer lo que deseara con su cuerpo. O como el de la cantante Williams, que subía al escenario con el busto descubierto.

No se trata, afirmó, de minimizar el valor conceptual de las artes en el presente, sino de revalorar las acciones que en su momento se consideraron transgresoras: “Es un libro que hace en cierto punto un homenaje a las mujeres que estuvieron dispuestas a llevar al límite su propia libertad, muchas mujeres que no tuvieron miedo a no tener límites para reflexionar sobre una vida propia”, apuntó quien, en sus proyectos curatoriales, rescata la radicalidad en el arte, como fue la exposición El punk, sus rastros en el arte contemporáneo o David G. Torres presenta: Salir a la calle y disparar al azar.

La narración de los sucesos, en apariencia aislados, muestra también la contradicción de muchos de los artistas icónicos. Por ejemplo, Warhol, como el representante del arte popular, el artista que democratizó la plástica, en la novela se mira en un contexto de desprecio hacia los otros, de desgano hacia quien estuviera fuera de su círculo. Lo mismo ocurre con Valerie Jean Solanas, escritora que creó el manifiesto feminista radical Scum, y quien disparó a Warhol en 1968 en un arranque de histeria.

La novela está llena de dilemas morales no resueltos; tiene mucho que ver con una dimensión no moral de la época que plantee una serie de problemas y de situaciones en una condición moral utópica. Entonces, estos personajes llevan a cabo actos de dudosa moralidad pero movidos por una especie de pulsión vital, emocional. Una contradicción a la aparente libertad. Valerie Jean es un buen ejemplo, porque es la feminista más radical y reacciona según sus emociones”.

En este sentido, la novela se caracteriza por una delgada línea entre realidad y ficción. Torres señaló que los hechos que narra son verídicos, pero ligados a historias no contrastadas. “Me gusta pensar en la imagen del escritor frente a la pantalla de una computadora, buscando documentos de interés público, imágenes de Google o videos en Youtube, que las va relatando sin tener que hacer un trabajo periodístico pero tampoco sin inventar nada. Es un ejercicio imaginativo”.

Y sin ser un novelista de profesión, el autor describió el relato como una escritura sincopada. Un ejercicio de rea-
dy made,
 donde toma objetos -hechos ya ocurridos- para construir un collage a partir de la “maquina narrativa”, y el resultado son conversaciones fragmentadas que invitan al lector a crear su propia historia de esta generación. 

“El libro responde a mi posición personal, a mi interés estético en estos años, porque los viví no como protagonista, era muy joven en esa época, pero ahora muchos de los artistas y personas que me han formado en el arte pertenecen a esa década; me parece que es pura

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