• Elefante Blanco.
Aunque a muchos no les guste
mi tema de hoy, deberán aceptarlo, porque desde mi punto de vista, lo que
escribo es una gran verdad.
Así es y aquí lo narraré.
Iniciaré diciendo que desde su
nacimiento, y hasta la fecha, es decir desde hace más de 45 años, el mal
llamado Mercado de los Pescadores en La Paz, ha sido visto, y además
considerado como solamente un elefante blanco.
Ciertamente, y hay que
decirlo, las intenciones del gobernador del estado en esa época, Ángel César
Mendoza Arámburo, al ordenar la construcción de ese inmueble, seguramente
fueron buenas.
De ello no me cabe la menor
duda, porque si ha habido un gobernador de gran corazón y querido por todos, lo
fue Ángel César.
Y si digo que fueron buenas
sus intenciones, es porque indudablemente con esa determinación lo único que
pretendía era que los productos del mar alcanzaran un precio más bajo para
todos.
Por tanto, creo que con ello
lo que se buscaba era fundamentalmente coadyuvar en la economía de las familias
que menos tienen.
Sin embargo, --también hay que
decirlo-- para todos los paceños de aquellos años, luego de saber la noticia
del destino del predio, se antojaba como ilógico la existencia de un expendio
de pescados y mariscos justamente en el malecón.
¿Por qué...?
Porque cualquier familia de
las colonias más alejadas, debería o gastar una buena cantidad de gasolina para
su auto, o en su defecto, tenía que pagar transporte para poder llegar al
mercado de los pescadores.
Entonces, como vulgarmente se
dice, a dichas familias de escasos recursos económicos, les saldría más caro el
caldo que los frijoles.
Y estoy seguro que fue a
partir de ahí, cuando las autoridades que ordenaron esa obra, se detuvieron un
momento para analizar bien la situación y se dieron cuenta de su grandísimo
error.
Pero ya era demasiado tarde
para corregirlo.
Demasiado tarde porque para
esas alturas, ya el gobierno había invertido un dineral, tanto en el emparejado
del terreno, como en arquitectos, ingenieros, albañiles y en material, para la
construcción de esa obra.
Efectivamente, dicho local una
vez que fuera concluído, presumiblemente habría de tener la sana intención de
que fungiera como un punto de venta directa para los pescadores ribereños.
Explicado con mayor claridad,
ellos, es decir los trabajadores del mar locales, tambien se verían
beneficiados al contar con un local ahí, justamente en la playa.
Y así, al tener un local
propio, ya no andarían de la seca a la meca para vender sus productos como lo
hacían en esa época.
Pero la realidad es que, de
acuerdo a la información gubernamental, en archivos no existe un registro
público y oficial claro, sobre el ingeniero, arquitecto, o la constructora
específica a cargo de la obra.
El caso más correcto es que
desde su edificación, es decir desde el año de 1980, el multicitado inmueble ha
permanecido en el más completo abandono, y por consecuencia jamás ha operado
formalmente.
En síntesis, lo que es una
realidad y qué bueno, es que ese lugar mejor conocido como “El Terraplén”, que
se ubica poco más allá de El Molinito, ya no seguirá dando mal aspecto para
locales y visitantes.
Qué bueno que ese sucio y
descuidado predio, ya no va ser el mingitorio ni el excusado de los
borrachines.
Y qué bueno que tampoco
volverá a ser el refugio de malvivientes como lo ha sido hasta ahora.
Luego entonces es plausible la
determinación del gobernador Víctor Manuel Castro Cosío, de transformar el
lugar.
Y es plausible porque en estos
momentos el gobierno de Baja California Sur se encuentra en un proceso legal
para recuperar y expropiar el predio, lo que deja entrever que seguramente fue
vendido por un mal anterior gobierno.
En fin, lo cierto es que
buscarán expropiarlo con la intención de demoler la estructura y convertir el
área en un parque público recreativo.
Una deferencia que seguramente
las familias sudcalifornianas lo habrán de agradecer profundamente.
Más aún al paso de algunos
meses.
Es decir, cuando vean la realidad
con la transformación del lugar y acudan a divertirse con sus hijos y sus
nietos.
Cuestión de tiempo.