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Hoy es domingo, 3 de julio de 2022

En privado

La Sotana y el aparato gubernamental.


En privado


Dionicio Lara


Entrar en conflicto con la iglesia, ---cualquiera que esta sea la religión que profesa---, no es conveniente para un gobernante. Y mucho menos con la católica, que de cualquier manera, hasta hoy, mantiene una importante hegemonía.


Por otro lado, tampoco es conveniente que un jerarca de una grey, como es el caso de una Comunidad de fieles cristianos, mantenga en jaque a quien políticamente dirige un estado. Cuando la realidad es que debieran trabajar juntos para el bien común.


Sin embargo, tal pareciera que ambos, enfrascados en sus disputas, optan por aventar por la borda su inteligencia y buenas intenciones al optar por un enfrentamiento a todas luces estéril, y que a nada bueno conducirá.


En síntesis, es justamente es lo que está sucediendo entre el obispo de La Diócesis de La Paz Miguen Ángel Alba Díaz y el gobernador de BCS Víctor Castro Cosió, quienes han optado por atrincherarse, uno tras la sotana del culto y el otro detrás del aparato gubernamental, pero aun así, ambos atorados en su intención de iniciar una guerra sin cuartel.


Por supuesto que no ignoran que esta es una lucha de poder a poder en donde se observa que ninguno cederá un paso, mientras al otro lado miles de espectadores esperan ansiosos el resultado de esta pugna, y quienes de antemano se saben los únicos perdedores al estar en medio del fuego cruzado.


Es muy cierto, los sudcalifornianos y los mexicanos en general, disfrutamos de un Estado Laico, que consiste en una organización política que no establece una religión oficial, tal como lo pregona Víctor Castro, y que es resultado de la Guerra Cristera que conllevó a la expropiación de bienes a la Iglesia y a la limitación a la libertad religiosa que se dio desde la promulgación de la Constitución de 1917, y cuya limitación empeoró durante el mandato de Plutarco Elías Calles.


Por tanto, la razón de ser del Estado Laico es permitir la convivencia pacífica y respetuosa dentro de la misma organización política de diferentes grupos religiosos. Es el reconocimiento y protección jurídica de la libertad religiosa de los ciudadanos, de modo que cada uno tenga la libertad de elegir y seguir la religión que prefiera o en su caso no elegir ninguna si así lo quiere.


Aquí, cabe decir que si bien es cierto la Constitución de 1857 no logró aplicar el término de libertad de cultos, sí suprimió el principio de intolerancia religiosa y estableció un Estado laico, por lo tanto la Carta Magna de 1857 es un gran referente histórico de la separación Iglesia-Estado, donde se destaca que no había conflicto entre diversos grupos religiosos, y tenía como razón de ser la afirmación de la independencia de la soberanía política del Estado frente a la Iglesia católica, que entonces tenía un excesivo poder económico.


De ahí que el Estado laico mexicano, logró establecer un sistema de protección jurídica a la libertad religiosa para que pudieran convivir las poblaciones con diversos credos religiosos, y definir las reglas de su relación con la iglesia mayoritaria del pueblo mexicano.


Reforzando la crítica, diré que, dada su investidura, y tomando en cuenta que hoy por hoy sobresalen temas básicos y muy preocupantes donde se habla de la crisis por la que atraviesa el catolicismo y la Iglesia institucional, y donde no se puede soslayar la pérdida de la secularización que es el proceso propio de las sociedades modernas a través del cual las ideas y las organizaciones religiosas pierden influencia social; y cuya pérdida es debida al desarrollo de la racionalidad, la ciencia y la tecnología que acompaña al proceso de industrialización.


Por supuesto que en lo anterior no se pueden soslayar aspectos importantes de la modernidad como cuestiones morales y donde la Iglesia se enfrenta a nuevas realidades que tienen que ver con aborto legal, matrimonio homosexual, derechos de géneros, educación sexual, declaraciones catalogadas de homofóbicas, Etc...


Todos, sin duda factores de crisis, que de cualquier manera hablan de las viejas religiones institucionalizadas que agonizan, lo mismo que de las nuevas que aún siguen naciendo y en el caso concreto de la secularización ha sido un factor importantísimo en la pérdida de significatividad de lo que es la Iglesia, sus enseñanzas, del tipo de prácticas que impulsa como las prácticas celebrativas, rituales, y sacramentales, entre otras.


Incluso, para mayor preocupación del clero, se habla de una seria desafección de la Iglesia institucional, donde cada día son más los cristianos y cristianas que, dicen: “Jesucristo, sí; Iglesia, no” cuya desafección no deja de provocar en la Iglesia una reacción contraria por lo cual el obispo debiera guardar compostura y tomar sana distancia por el bien de su feligresía.


Y lo peor es que pocas posibilidades existen para modificar este estado de cosas y todo en su conjunto es lo que ha impulsado a muchos a un distanciamiento de la Iglesia. Y quizás a todo eso se deba la reacción defensiva de la Iglesia institucional que hoy toma como escudo los problemas emanados de la sociedad y en particular los que tienen que ver con la delincuencia que no deja de ser un importante factor que configura la actual situación de la Iglesia.


Pero si la iglesia se sabe en crisis, debiera adoptar nuevas dinámicas y hablar más por ejemplo de la siniestralidad laboral, de la precariedad, de la violencia de género, de la pobreza, de la inmigración… sería una iglesia más en sintonía con la ciudadanía, con una personalidad más significativa en nuestra sociedad. Y convertirse en una Iglesia que afronte la secularización y las injusticias que son grandes polos en torno a los cuales la Iglesia se debe centrar y que encierran en sí mismos una potencialidad inmensa de renovación y de transformación.


Digamos que de apertura a un dialogo de frente a la sociedad moderna, plural, laica, multicultural e interdependiente, donde impulse y promueva salidas para la paz aunque para ello tenga que ir más allá de lo que pueden ser doctrinas oficiales ortodoxas.


Un dialogo donde ponga en el fiel de la balanza el valor y la dignidad de las personas, la búsqueda de la justicia, la igualdad, la convivencia, y la solidaridad.


Y si nos vamos al terreno laico, hare referencia tanto a Miguel Ángel como a Víctor, para decir que el espíritu de la laicidad es muy sano. Y puede sanear mucho. Y no sólo en el campo eclesial, sino en cualquier campo.


Cuestión de tiempo.