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Hoy es jueves, 22 de octubre de 2020

Federico Reyes Heroles, el cazador de instantes provocadores

• El narrador y ensayista evoca en registro los momentos gozosos y tristes que han definido su vida

Federico Reyes Heroles, el cazador de instantes provocadores

CIUDAD DE MÉXICO.

El silencio, la soledad, la quietud, la privacidad y la concentración, pero también el juego, el buen humor, la conversación, la música y las caricias. Todos estos instantes, algunos plenos y gozosos, otros tristes, son vitales para el narrador y ensayista Federico Reyes Heroles (1955).

A sus 65 años, el escritor hace un inventario, un mapa, un recuento, una ruta de viaje reflexionada, “sin fórmula, sistema ni estructura”, y revisita sus recuerdos de manera consciente, escapando al azar, para reencontrarse consigo mismo.

Así nace Registro (Alfaguara), su libro más reciente, en el que emprende “una cacería provocadora” de imágenes, sensaciones, olores, sabores y recuerdos, que comparte con sus lectores en forma de viñetas con la finalidad de “revalorar lo pequeño, lo intrascendente, lo cotidiano”, y rescatarlos de ese flujo incontenible que es la vida.

Este libro significa un acto de congruencia conmigo mismo. Y me exige actuar en consecuencia con lo que ya escribí y publiqué”, afirma en entrevista con Excélsior el autor de 19 títulos, entre novelas y ensayos de filosofía política.

 

Los escritores somos bastante tramposillos porque con frecuencia hablamos de nuestras vidas en las novelas; pero no nos desnudamos plenamente, sino que le ponemos algún tipo de condimento o disfraz para que la gente no te identifique. Eso tiene pros y contras, porque al final de cuentas uno sí necesita decir ‘así soy’’’, explica.

Para el amante de los libros, la naturaleza y los animales, en particular de los perros, escribir es confesarse. “Confesarse a sí mismo, todos los días. Los seres humanos buscan la confesión, liberarse a través de la palabra. ¿Por qué confesarse? Porque creo que uno le debe al lector la posibilidad de poner nombre y apellido a lo que uno vive, decirle quién es uno de carne y hueso”.

Dice que siempre agradece los textos en los que la gente narra sus vivencias sin más ánimo que el de compartirlas. “Tiene que ver con volver a las cosas. ¿Por qué puedo decir que fue pleno ese momento, qué había en él? Si no lo recapacitas, si no racionalizas por qué guardas tal o cual recuerdo como plenitud, de alguna manera estás perdiendo un bagaje que puede serte útil a ti y a los otros”.

El autor de las novelas Ante los ojos de Desirée (1983) y Sensé (2018) detalla que Registro no es un libro con demasiados regodeos literarios. “Busca decir lo que he vivido; de dónde surgió mi amor por los árboles y por la conversación, por ejemplo, mis problemas de sueño, mi encuentro amistoso con la noche. La intención es compartir algunas percepciones con el ánimo de que los lectores puedan ser empáticos”.

Admite que en este ejercicio de revisita “hay un retorno a la belleza esencial y a la tranquilidad cotidiana; pero ninguna alusión a momentos grandilocuentes, porque éstos son excepcionales. La vida cotidiana es, por un lado, repetición, para bien y para mal, e invención día a día”, aclara.

Quien estudió Ciencias Políticas y Derecho en la UNAM detalla que para seleccionar los temas a abordar primero observó. “Cargué durante muchos años mi libreta para hacer el registro, porque la memoria es muy traicionera. Yo sí creo en las libretas, aunque ya no estén de moda. Apunté todo, hasta anécdotas que me platicaban”.

A manera de balance, el autor de Noche tibia (1994) y El abismo (2002) indica que, por fortuna, ha vivido más instantes de plenitud. “Hay que reconocerlos. Sólo cuando los reconoces te percatas de que, a pesar de todo, el gozo te va alimentando para seguir adelante, pero hay que buscarlo, cultivarlo. Cuando algo me lastima lo mando al basurero, como en la computadora. No quiero andar con resentimientos por la vida. Y Registro me ha ayudado a ello”, precisa.

DE ALMA JUGUETONA

Reyes Heroles destaca entre sus “dependencias”, es decir, aquello sin lo que no puede vivir, la conversación, la música, el juego y las caricias, que conllevan “la energía de Eros”.

Gozo enormemente la vida por las conversaciones que voy teniendo. Pero ahora me encuentro en crisis, porque siento que estamos perdiendo a los buenos conversadores, que la interrupción ha venido a acabar con los argumentos bien tejidos, que los celulares son endemoniadamente potentes para romper los hilos de una conversación.

 

Por esto, en los últimos años me he vuelto demasiado receloso de reuniones donde hay más de seis personas, porque creo que no van a ninguna parte. Siento que la gente ya no sabe escuchar; no sólo interrumpe, sino algo todavía más cómico y trágico, se interrumpe a sí misma. Extraño la buena conversación”, agrega.

A propósito de las caricias, el colaborador de Excélsior está convencido de que las sociedades se han vuelto frías con relación a lo espiritual. “No soy religioso, pero sí creo en la vida emocional, y no la estamos cuidando como deberíamos. Me refiero a reconocer cuando uno está triste, melancólico o gozoso. Darle al alma la posibilidad de expresarse. El alma como estado de ánimo debe recibir una lectura y cuidados, estar en nuestra mente. Con la pandemia, tenemos el alma comprimida”.

El autor de Canon (2006) y El abecedario (2013) confiesa que también se dio cuenta de lo importante que es el juego para él, en muchos sentidos. “Soy juguetón, con los niños, los amigos; el juego le inyecta a la vida una razón de ser. Gozo el humor y ser apapachador”.

Quien ha dictado conferencias en universidades como Harvard, Princeton, Yale, Berkeley y la Complutense decidió dar más peso a la despedida. “Hay que saber despedirse de personas y lugares. Creo que escoger la muerte es el mayor acto de libertad. Hay que dejar este mundo con gentileza.

Quiero pensar que mi muerte sería menos grave que la de un ser querido. Agradecería que no fuera dolorosa. He tenido una vida plena y hay que reconocerlo. Es una cuestión de ritmos, de decir ‘no necesito más’: tengo un buen libro, buena música, no hay más, yo no espero mucho más”, concluye.