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En privado - sábado 02 marzo 2019


Semillas de esperanza



En medio de este maremágnum de perturbaciones que provocan sobresaltos, que quitan el sueño y asesinan, a pesar de todo eso, todavía podemos conservar la certeza que desde muy al fondo del abismo emergerán pedazos de fe, --que aunque desperdigados y hechos trizas--, aun traen al menos un pedacito de esperanza.


Y no está por demás creer, que algún día, --quizás no muy lejano--, allá en el cenit de nuestros sueños exista un mejor porvenir. Justamente allá, donde no haya ni desgracias, ni calamidades, ni  fatalidades. Ni tampoco pobrezas ni hambres. Allá donde lleguemos sin prisas para ocupar el mejor de los espacios.


Y allí, en ese rincón de paz, habremos de respirar ese aire puro que emana de la seguridad, de la armonía, de la concordia. Digamos, ese aire nítido que acarrea hermandad,  tranquilidad, buena venturanza y felicidad. 


Así es. Porque hoy, --muy contrario a eso--, y para desgracia de todos, derivado de la antonimia de esos preceptos ya descritos, tenemos lo cotidiano, que como si fuera el pan de cada día se entremezcla en solo desgracias e infortunios. Esos que empezamos a conocer en este nuevo siglo, y que nos traen nada menos que los secuestrados, los ahorcados, los destazados, los desaparecidos; esos que nos presentan los inertes cuerpos esparcidos en las plazas, los campos deportivos, y hasta en los templos. 


Todo ello, mientras lo habitual, lo empezamos a conocer a cada paso que damos, --al trabajo, a la escuela, al parque, a la iglesia…-- en las ráfagas y las persecuciones; en tanto que  la monstruosidad y el horror lo encontramos en cada esquina. Envuelto en bolsas negras con brazos, piernas, dorsos o cabezas. ¡Qué desgracia!


Maldita costumbre en la que, --cual si fuera el aire que respiramos--, hemos caído. Cruel rutina a donde nos ha conducido el salvajismo y la irracionalidad. Lo mismo que la  bestialidad y la brutalidad; sino es que la necedad, la bravura y el machismo. Y todas esas calamidades, no son derivadas propiamente de la delincuencia, conste. Sino de las desorganizaciones gubernamentales. Porque primero fue el gobierno y después la delincuencia.


Pero son los pecados y también la penitencia. Y con ello los castigos. Estos y aquellos flagelos que tal vez continuarán. Que los seguirás soportando tú lector. Lo mismo que aquellos. Yo,  nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y los que vendrán. Y que quizás nunca acaben. Hasta que los gobernantes cambien de mentalidad. O bien, el país, --igual que los destazados--  se les caiga en pedazos.


Y esa caterva putrefacta no solo da vuelcos en el estómago,  sino que provoca náuseas que nos hace vomitar las semillas de esperanza que aun conservamos muy dentro de sí. Y aquellos energúmenos acarrean inquietud y nerviosismo. Y toda esa carga negra y pesada que traen consigo nos causa pánico y terror.


 Como también nos altera, estremece y conmociona.


 Por eso  yo te pregunto, lector: ¿quién paga el alto precio por la falta de tácticas, y de organización? ¿Quién paga por la escasez de cerebro para poner en práctica estrategias viables?

Pienso, y a la mejor coincides tú conmigo, que seguramente han de ser aquellos reductos de pobres provenientes de los barrios más jodidos. Sí, amigo. De esos venidos de allá donde la canícula de agosto curte el lomo de los niños que a su corta edad y por falta de educación o de un balón se entretienen jugando al papá y la mamá para enseguida parir más pobreza. Sino es que juegan a los bandidos con pistolitas de varas de mezquite o de palo de arco; para después convertirse en carnada de malandrines y presa fácil de la delincuencia organizada. Vamos, No sé si pensaras lo mismo. Pero de no ser así hay se la dejo de tarea. 


--¿Porque? --Me preguntas, y te respondo: Porque a la opulencia le ha dolido poco y a la autoridad le ha importado madre.


Así de simple. Y disculpa lector, pero la ocasión obliga. Lo mismo que el coraje y la impotencia.


Y yo, y tú, y como todos, muy orgullosos aplaudiremos cuando las palabras pasen a los hechos. 


Pero seguro estoy, --amigo lector--, que tú estarás de acuerdo en que para el logro de mejores objetivos se requiere la conjugación de voluntades. De todos. Y no solo de los gobiernos estatales, federales y Municipales. Ya que solo así se daría el fortalecimiento de ese compromiso presidencial.


Y es que para alcanzar esos ideales, también creo coincidirás conmigo, que primero está solucionar problemas sociales ancestrales que tienen que ver con servicios básicos. Es decir de salud, de agua, de vivienda, de energía eléctrica, de educación, de empleo, de alimentación, de establecimiento de centros deportivos y de esparcimiento.


Será entonces cuando la confianza, la certeza, y la credibilidad permeen en los cuatro puntos cardinales de nuestro querido México. Y será entonces cuando los gobernantes informen que han cumplido. He dicho.


Y Ahora sí te lo digo lector: 


Desde que inicié este escrito, estoy pensando en la Guardia Nacional. 


GUARDIA NACIONAL. (Así con mayúsculas).


¿Sinónimo de esperanza? Ya lo veremos. Y que no sea de guerras fratricidas que encierren conculcaciones de lesa humanidad. Dios quiera y no.


Porque de ser así, las mujeres seguirán atormentadas por la angustia, la incertidumbre y la preocupación;  los viejos seguirán dando traspiés en medio de la oscuridad; los jóvenes seguirán vagando inmersos entre la zozobra y  la inquietud: mientras los niños seguirán jugando a los bandidos, al papá y la mamá para seguir pariendo más hambre, más pobreza, más delincuencia. 

Y el miedo de todos, no tendrá fin.  


Cuestión de tiempo.