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ABCdario - martes 14 agosto 2018


· Bodas de oro… Humberto e Irma; amigos por siempre


 

Ese día 29 de julio de 2018, que se celebra “la fiesta del mango” que coincide con los festejos del Santo Patrono del lugar, San José de Gracia --comunidad asentada en las estribaciones de la sierra de Guadalupe-- vistió sus mejores galas; el profesor Humberto Castillo Lucero, originario de Caduaño e Irma Reyes Murillo, “Chatita”, originaria de ese bello y pintoresco lugar, festejaron sus bodas de oro (50 años) de feliz matrimonio; semanas antes me hicieron llegar la invitación para que los acompañara a tan significativo evento; hicimos viaje expresamente con ese fin Rosario mi esposa, Paty mi hermana y Beto Ojeda, su esposo; llegamos un día antes a San José de Gracia donde nos recibieron con un manjar ya puesto sobre la mesa; el tradicional platillo sudcaliforniano con muchas tortillas de maíz, limones, chiles jalapeños y TKTs Ligth; la tarde-noche de nuestro arribo y en espera de que nos hiciera la digestión, estuvimos buen rato en una palapa que tienen la familia en su huerta donde había música en vivo, “cantadera”, “bailadera” y muy buen ambiente.

 

Cuenta Humberto Castillo Lucero en sus memorias, que un 3 de abril de 1968, recién egresado de la Escuela Normal Urbana, profesor “Domingo Carballo Feliz”, tras dos años de noviazgo contrajo matrimonio con su bonita esposa, Irma Reyes Murillo, justo en la misma iglesia que 50 años después atestiguaría sus bodas de oro; sus hijos, todos casados; Humberto, Irma de Jesús, Diana (fallecida a los 8 años), Eddy y Omar Castillo Reyes, apadrinaron el evento que reunió a más de trescientos invitados provenientes de La Paz, San José del Cabo, laguna de San Ignacio, La Bocana, Santa Rosalía, Cadejé, San Juanico y rancherías aledañas; más de trescientos invitados fueron atendidos diligente y personalmente por la familia Castillo Lucero Reyes y Reyes Murillo, con un vistoso baile en la cancha pública del lugar amenizado por el grupo “Presagio Norteño” de Bahía Tortugas, ofreciendo de cena “tatema” de res (muy sabrosa por cierto) con sopa y frijoles, refrescos de cola y pastel de boda; fiesta que a diferencia de 50 años atrás que no hicieron nada por estrechez económica, lució y vistió las bodas de oro de Humberto Castillo Lucero e Irma Reyes Murillo, “Chatita”.

 

Humberto Castillo Lucero, nació en Caduaño BCS, un 11 de febrero de 1945, de origen muy humilde (recuerdo que mis abuelos siempre lo ponían de ejemplo); estudió en medio de fuertes limitaciones económicas hasta egresar como maestro de educación primaria de la Benemérita Escuela Normal Urbana, profesor “Domingo Carballo Feliz”, en junio de 1966, siendo asignado a la escuela rural “Estado de Durango” de San José de Gracia, hoy municipio de Mulegé: para llegar a su destino, transcurrió una semana --siete días-- en medio de numerosas dificultades y peripecias; salió en “raite” de La Paz un 13 de septiembre de 1966, llegando al día siguiente a Cadejé, a 38 kilómetros de su destino final, donde quedo “varado” seis días por motivos de una fuerte lluvia que dejo la brecha intransitable con los arroyos crecidos; durante su estancia en Cadejé, auxilió al maestro de lugar atendiendo dos grupos de estudiantes que no contaban con maestro insistiéndole el director de la escuela que se quedará en esa comunidad, invitación que declinó porque su destino (adscripción) era San José de Gracia.

 

El 21 de septiembre de 1966 por fin salió de Cadeje con rumbo a su destino final San José de Gracia donde llegó el mismo día de “raite” en un camioncito de redilas donde viajaba una familia natural del rancho de El “Batequi”, cercano a San José de Gracia, cuyo jefe de la familia de nombre Amadeo Robles y su esposa, doña Yaya Meza con sus hijas Ofelia y Chayito, estas últimas cantando alegres canciones que le hicieron “llevadero” el viaje que duró 4 horas, mientras don Amadeo y doña Yaya le daban pormenores de San José de Gracia; de su gente, de sus trabajos y de sus aficiones; llevaba una carta de recomendación de su amigo, Jesús Murillo Aguilar, compañero de la Escuela Normal Urbana, para el subdelegado de San José de Gracia, don Nemesio Murillo Murillo (QDEP), papá de Jesús, para que dentro de las apremiantes condiciones en que vivían apoyará a Humberto; ese mismo día de su arribo a San José de Gracia, don Nemesio Murillo lo acompañó, casa por casa, presentándolo como el nuevo maestro de la escuela; la segunda casa en visitar, donde vive la familia Reyes Murillo, vio una muchacha muy guapa que ni tarde ni perezoso le echo el ojo y dijo en sus adentros, “con está me voy a casar”, como finalmente ocurriría dos años después, un 3 de abril de 1968.

 

Al segundo día de su arribo comenzó a dar clases poniéndose frente al grupo de estudiantes --38 en total-- en una escuela muy modesta en condiciones por demás deprimentes; de enjaule de carrizo, techo de palma y piso firme de cemento lleno de pozos (huecos), dado que frecuentemente era utilizada para hacer bailes; a los pocos meses de estar en San José de Gracia, recibió la visita del gobernador del entonces territorio, Hugo Cervantes del Río, organizando a los habitantes de la comunidad y ranchos aledaños para plantearle la problemática y la sentida petición de una nueva escuela primaria; Cervantes del Río, sensible y como buen gestor, a los pocos meses que le hicieron el planteamiento se dio a la tarea de mandar construir la actual escuela que ahora existe por medio del CAPFCE.

 

En sus memorias relata las peripecias que tenían que hacer hace cincuenta años para trasladarse a San José de Gracia, viaje que en el mejor de los casos era de un día para otro; había que dormir en el camino sin importar si era en el monte en un arroyo para reponerse del cansancio y la fatiga; viajar en camiones de redilas llenos de tibores de gasolina o en “troquecitos” repletos de mercancías era muy común; recuerda que varias veces le tocó viajar de “raite” en un camioncito de redilas de don Pedro Arce que en ocasiones hacían ocho días de viaje, dependiendo cómo estuviera la brecha y los cruces de los arroyos.

 

En una ocasión se le “juntaron” dos “raites” para San José de Gracia; uno en un camioncito de redilas lleno de tibores de gasolina, en el que frecuentemente viajaba tendiendo tablas de triplay arriba de los tibores para acomodarse y el otro, con un ingeniero supervisor de obras del CAPFCE; despreció el “raite” en el camioncito de redilas para irse más cómodo con el Ing., pero como el Ing. Iba supervisando obras por todo el camino desde Ciudad Constitución a San José de La Noria, se les hizo de noche y tuvieron que quedarse a dormir en San José de La Noria donde fueron sorprendidos por un “ciclón” --así se les llamaba antes a los huracanes-- al no conocerse su aproximación, tuvieron que regresarse a ciudad Constitución abriendo brecha a punta de machetazos, pala y pico, cruzando 24 veces el mismo arroyo; llegando a Constitución donde el Ing., no pudo continuar el viaje porque se enfermó y Humberto tuvo que “raitear” hasta San Migue de Comondú, donde permaneció ocho días por la crecida de los arroyos y el mal estado en que habían quedado las brechas.

 

Padre de una familia ejemplar, atento, servicial probo y honesto, se ha abierto camino en la vida valiéndose de sí mismo (es de los que aprendió a volar solo y no en parvada); un auténtico producto de la cultura del esfuerzo; lo conozco de toda la ida, paisano, amigo y compadre de mi papá (QEPD), quien le profesaba cariño afecto, con quien tiene varias anécdotas de “pedas”; al tiempo de casado hizo sus ahorros y compró un pick up Ford 1959 con el que prescindió de los “raites” viajando con su familia y en más de las veces con otras familias dándoles “raites” de San José de Gracia a La Paz o viceversa; viajar en ese tiempo recorriendo 470 kilómetros de brechas en pésimas condiciones no era un día de campo; dice que en el pick up invariablemente siempre traía dos garrafones grandes; uno con agua y otro con gasolina, dos cobijas y una almohada en el respaldo del asiento, cerillos, machete, pala, pico, una caja de parches, espátulas, crucetas, gato y una prensa para parchar las llantas; no en balde recuerda que en un viaje que duró tres días de San José de Gracia a La Paz, recorriendo la vieja brecha que entraba por La Purísima y pasaba por San Gregorio hasta “caí” en Cadejé, se ponchó ¡diez veces!.

 

De 1966 a 1970, estuvo adscrito en San José de Gracia donde estuvo al frente de la escuela primaria y del internado del lugar con 70 alumnos, dejando muy buenos recuerdos y a sus mejores amigos como él dice, sí como un internado y una escuela primaria con modernas y funcionales instalaciones, caracterizándose por su entrega en la tarea educativa cual misionero que propaga la fe en Dios; de 1970 a 1972, fue asignado como encargado de la dirección y maestro de grupo de 5to y 6to año de primaria en San Bartolo, donde también se le recuerda con mucho cariño por su don de gentes, su entrega y su innata disposición de servir; en 1973 fue adscrito a la escuela primaria “José L. Gavarain” y al internado de Miraflores, donde curiosamente años atrás había cursado 4to, 5to y 6to año de primaria.

 

En su paso por los albergues rurales (internados) de San José de Gracia, San Bartolo y Miraflores, dejo huella imborrable; gestionó ante las autoridades mejoras para las comunidades y para los albergues; el famoso “pre” que en aquel entonces era de 3 pesos diarios por alumno para darle las tres comidas; desayuno, comida y cena, por gestiones suyas y ante su terca insistencia logró que se aumentará a 29 pesos diarios; labor intensa de entrega como el misionero que se consagra a su ministerio, le valió que en 1975 fuera designado coordinador estatal de 19 albergues rurales que existen en el estado hasta septiembre de 1998, año en que se jubiló.

 

Destacan en su paso por la coordinación estatal de albergues rurales en el estado --donde muchos se han hecho ricos de la noche a la mañana, como el actual coordinador--, dejar establecida una cuota diaria de 29 pesos por alumno, remodelación de los edificios escolares y albergues que lo requerían aprovechando su excelente relación con el director del CAFPCE, dotación a cada albergue escolar de todos los utensilios de cocina necesarios para la preparación de los alimentos incluyendo estufas de gas y refrigeradores eléctricos, camas, sillas y mesas para comedores, plantas de luz y energía eléctrica, motobombas para la extracción de agua, botiquines de primeros auxilios con medicamentos, herramientas diversas y energía fotovoltaica (solar) donde no había energía eléctrica, así mismo se asignó una trabajadora social para cada albergue con su respectiva plaza, se dotó de 52 plazas a cocineras asignadas en la red estatal de albergues, equipo de oficina y otras mejoras significativas que gestionó provenientes del ramo 33.

 

Tarea intensa, titánica de un maestro entregado cien por ciento a la tarea educativa que sigue sin reconocérsele su encomiable labor; maestro abnegado y comprometido que dejo constancia en su paso por las aulas ejerciendo una de las más humildes y destacadas misiones; la de enseñar: Cuando me confió, muchos meses atrás, que quería festejar sus bodas de oro en San José de Gracia, donde lo consideran como hijo predilecto, me comprometí acompañarlo con mi familia y hacerle la reseña del evento para hablar un poco de su labor como maestro que hasta hoy le siguen ninguneando las autoridades por celos políticos y cicaterías; la verdad que no se vale.

 

Al día siguiente de la boda anunciamos nuestro regreso, pretendíamos salir muy temprano para llegar al rancho La Ballena a buscar queso de chiva y tomar fotografías en el camino; “no se vayan, quédense a comer nos dicho Humberto Castillo Lucero e Irma Reyes Murillo, “Chatita”; desayunamos un riquísimo menudo con patas y mucho cilantro, habían degollado cuatro chivos que parecían becerros por lo grande para preparar birria y en las hornillas tenían cociendo pulpos para la botana con cayos de hacha y almejas; no obstante que la invitación era seductora desistimos y salimos de San José de Gracia a las 12 del día. Quiero aprovechar esta reseña para darle las gracias públicamente a mi paisano y amigo de siempre, Humberto Castillo Lucero y a su esposa, Irma Reyes Murillo, “Chatita”, así como sus hijos Humberto, Irma de Jesús, Eddy y Omar; a la familia Reyes Murillo por las atenciones y hospitalidad que una vez más nos dispensaron, así como a mi amigo, Jesús Sobarzo, por facilitarme un pick up para recorrer la centenaria brecha a San José de Gracias, llena de historias y de graciosas anécdotas que algún día compartiremos con usted; a todos mi gratitud y agradecimiento permanente, que Dios los bendiga. ¡Qué tal!. Para cualquier comentario, duda o aclaración, diríjase a abcdario_@hotmail.com