• De acuerdo con la joven universitaria, la evolución de las ballenas demuestra que la vida nunca permanece estática. Los cambios ambientales obligan a los organismos a adaptarse y, en ocasiones, esas adaptaciones transforman por completo su forma de vivir.
La Paz, Baja California Sur. -
Hoy resulta difícil imaginar a una ballena caminando sobre la tierra. Sin
embargo, hace más de 50 millones de años, los ancestros de estos gigantes
marinos eran mamíferos terrestres que, generación tras generación, fueron transformando
su anatomía hasta convertirse en algunos de los animales mejor adaptados a la
vida en el océano.
Esa extraordinaria historia
evolutiva es abordada por Bárbara Ivett García Luque, egresada de la
Licenciatura en Biología Marina y estudiante de maestría en Ciencias Marinas y
Costeras de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), quien explica
cómo los arqueocetos representan una de las transiciones evolutivas mejor
documentadas en el registro fósil.
De acuerdo con la joven
universitaria, la evolución de las ballenas demuestra que la vida nunca
permanece estática. Los cambios ambientales obligan a los organismos a
adaptarse y, en ocasiones, esas adaptaciones transforman por completo su forma
de vivir.
Los cetáceos, grupo al que
pertenecen ballenas, delfines y marsopas, son mamíferos que, al igual que los
seres humanos, respiran aire y alimentan a sus crías con leche. Sin embargo, a
diferencia de otros mamíferos, pasan toda su vida en el agua: nacen, crecen, se
alimentan, se reproducen e incluso duermen en el medio marino.
Señala que, para lograrlo,
desarrollaron adaptaciones extraordinarias. Su cuerpo adquirió una forma
hidrodinámica que reduce la resistencia al agua; las patas traseras
desaparecieron y dieron paso a una poderosa cola que les proporciona impulso al
nadar.
“Algunas especies, como los
delfines, perfeccionaron la ecolocalización para orientarse mediante sonidos y
ecos, mientras que las grandes ballenas desarrollaron barbas de queratina que
les permiten filtrar enormes cantidades de agua para capturar kril y otros
pequeños organismos”, detalla García Luque.
Aunque apunta que estas
características no aparecieron de un momento a otro. Hace entre 55 y 34
millones de años vivieron los arqueocetos, un grupo de ballenas primitivas que
documenta, casi paso a paso, el regreso de los mamíferos al ambiente acuático. Gracias
al registro fósil, hoy es posible reconstruir cómo fueron acumulando las
adaptaciones que finalmente dieron origen a los cetáceos modernos.
Así, indica que los primeros
representantes fueron los pakicétidos, hace aproximadamente 49 millones de
años. Aunque conservaban el aspecto de pequeños mamíferos terrestres
carnívoros, la estructura de sus huesos y de su oído revela que ya comenzaban a
explorar ambientes acuáticos, probablemente cazando en aguas poco profundas.
Posteriormente aparecieron los
ambulocétidos, conocidos como “ballenas caminantes”. Sus extremidades cortas y
pies en forma de paleta les permitían desplazarse tanto en tierra como en el
agua, donde emboscaban a sus presas en estuarios y bahías.
La transición continuó con los
remingtonocétidos, cuyos hocicos alargados y una audición cada vez más
especializada indican una dependencia creciente del ambiente marino. Estos
animales habitaban aguas turbias y capturaban principalmente peces.
Más adelante surgieron los
protocétidos, considerados los primeros cetáceos capaces de dispersarse
ampliamente por mares tropicales de distintos continentes. En ellos ya eran
evidentes transformaciones como el desplazamiento de las fosas nasales hacia la
parte superior del cráneo y la reducción de las patas traseras, que dejaron de
ser útiles para caminar.
Finalmente, hace alrededor de
39 millones de años aparecieron los basilosáuridos, completamente adaptados al
océano. Poseían cuerpos alargados, colas poderosas y extremidades posteriores
diminutas que habían perdido prácticamente toda función locomotora. En este
punto, la transición estaba completa: las antiguas formas terrestres habían
dado paso a las primeras ballenas plenamente marinas.
Para Bárbara García Luque, la
historia de los arqueocetos constituye uno de los ejemplos más extraordinarios
de adaptación evolutiva conocidos por la ciencia, ya que, en menos de 20
millones de años, un grupo de mamíferos transformó por completo su anatomía y
su forma de vida para conquistar nuevamente el océano.
La joven investigadora asegura
que su historia nos recuerda que la evolución es un proceso continuo y que la
capacidad de adaptarse ha sido una de las mayores fortalezas de la vida en la
Tierra.