• Las traiciones.
En el argot
político-administrativo, nunca es tarde para que un jefe del ejecutivo sepa de
deslealtades, y descubra las traiciones.
Me refiero a tiempos como
estos, cuando el ejecutivo del que se trate está prácticamente a la vuelta de
la esquina para dejar el cargo.
Así es.
Porque hay muchos funcionarios
que desesperadamente y en momentos como estos los invade el nerviosismo y la
impaciencia, y al sentir trepidar su sillón, es inaguantable el cosquilleo de
sus pies.
Luego entonces están ansiosos
por salir corriendo para cuadrarse y ponerse a la orden de quien creen habrá de
ocupar la siguiente silla gubernamental.
Y obviamente se van,
calificando sus reacciones como estrategias políticas y que conocen el arte de
tejer finito.
Es entonces cuando, como los
capitanes cobardes en tiempos de tormenta, abandonan el barco.
Son los de hoy, tiempos en que
se ponen al día los juegos maquiavélicos, y sobresalen como siempre, los
acuerdos perversos.
Sí, así es, pero
lamentablemente son aceptables por aquello de “comer mierda sin hacer gestos”.
Y estos colaboradores se
vuelven presos de la indolencia y el abandono, y se hacen acompañar de la
flojera en el hacer, lo mismo que de la irresponsabilidad y el importamadrismo.
Y con ellos y en ellos inician
las jugadas sucias y los golpes bajos, al igual que las murmuraciones y los
vituperios.
Es, en síntesis, la deslealtad
en todo su esplendor.
Donde po consecuencia emerge
no solo la infidelidad, sino el complot, la maquinación, la vileza y la
ingratitud.
Es cuando en medio del sigilo
y la secrecía los unos y los otros juzgan, censuran y hasta reprueban, pero
siempre emulando al avestruz, escondiendo la cabeza.
Es cuando las desbandadas y la
dispersión, hacen acto de presencia, al igual que la estampida y la deserción.
Pero que quede claro, esto no
tiene nada de nuevo, todos los gobernantes lo han sufrido. Unos más unos menos.
Y por supuesto, más aún poco
después de dejar el cargo.
Es cuando se dan cuenta
respecto a quiénes fueron y seguirán siendo sus verdaderos amigos.
Aunque en política, son raros,
y se pueden contar con los dedos de una mano los que se decían amigos y aún lo
siguen y seguirán siendo.
Simplemente porque la mayoría
son convenencieros y oportunistas a grado tal, que existen quienes desearían
hasta mandar al cadalso al gobernante.
Y entonces al mandatario en
turno lo invade la decepción al descubrir a aquellos que solo querían sacar
provecho y utilidad.
Pero los hay también los
madrugadores, como fue el caso concreto de Rubén Muñoz, que a temprana hora y
antes del arribo de Víctor Castro Cosío a la gubernatura lo traicionó con la
intención de quitarlo del camino.
Así los habrá algunos que ya
después, criticarán y hasta golpearán.
En síntesis, ya enseguida
vendrá la decepción, el desengaño y la desilusión para el gobernante.
Vendrán con ello las
reflexiones en la intimidad, respecto a lo que hizo, y lo que no hizo y que
pudo haber hecho.
Porque ya fuera del argot
político, un gobernante, cualquiera que sea, a veces es invadido por la
nostalgia y la melancolía, por el sentimentalismo y la soledad, al grado de
llegar al llanto.
Digo lo anterior, porque sé de
alguno que así me lo confió.
En fin, para cerrar la entrega
de hoy, será fundamental dejarles de reflexión una fuerte sentencia de Facundo
Cabral:
“Traicionar a un amigo es un
acto tan inmoral, que la persona que comete tal fechoría debería no levantar la
vista del suelo jamás”.
Luego entonces, mucho cuidado
con el karma, que no deja de ser esa misteriosa Ley Cósmica de causa y efecto.
Y con lo cual muchos de
aquellos funcionarios a quien les quede el saco, estarán corriendo el riesgo de
irse al ostracismo.
Cuestión de tiempo.