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Hoy es lunes, 3 de octubre de 2022

Luces de bengala sin porvenir en el mundo dancístico

Aunque el Día Internacional de la Danza nació para visibilizar a artistas de la disciplina, se ha convertido en una actividad obligatoria y oficialista

Luces de bengala sin porvenir en el mundo dancístico

CIUDAD DE MÉXICO. Visibilizar a los artistas de la danza, fortalecer los apoyos hacia la creación emergente y generar políticas para la permanencia de grupos consolidados, entre otros objetivos, fue por lo que el Día Internacional de la Danza (DID) fue fundado en 1982 por la ITI Unesco.

En su origen, la celebración en México repercutió en el mundo dancístico como una oportunidad para que coreógrafos, bailarines profesionales y aficionados, abrieran sus ventanas e hicieran consciente la precariedad en la que vive la mayor parte de los que se dedican a las artes del cuerpo, sin importar el género de su trabajo.

Por desgracia, lo que en otros países significa un reconocimiento, en México se incorporó como una actividad obligatoria más impuesta por las políticas oficialistas.

Así, todo tipo de instituciones dedicadas a la promoción y planeación cultural de la danza tiene una partida especial para gastarla en un día, mientras que las actividades que deberían ser continuas no lo son.

Regresar a actividades ha sido difícil desde que inició la pandemia –no haterminado, por cierto–.

Remontar las no pocas problemáticas surgidas a partir del arribo morenista no es fácil. Los apoyos y programaciones han caído dentro de las complejas redes de la burocracia.

Como siempre, este año el suceso ha tenido un enorme éxito, pero hay que mesurar el entusiasmo.

Las contradicciones  abundan y basta asomarse al programa México en Escena para entender que múltiples grupos están amenazados por una velada acusación de cacicazgo.

Al pie del cañón, aquellas compañías que han levantado movimientos estéticos han creado un público permanente y sensibilizan a la gente hacia la danza en poblaciones y espacios de todo tipo, y están al filo de quedarse sin apoyo por “falta de recursos”.

Al ser un evento institucional, el DID ha caído en el mejor ejemplo de que el éxito del evento se mide en la cantidad de “eventitos” que incluye y en la cantidad masiva de gente que responde a su convocatoria.

Los resultados se presentan en una limpia hoja de Excel y los jefes superiores se sienten encantados, así miden su éxito, no en una actividad sostenida y certera, sino en el refulgir de una luz de bengala que se apaga rápido y lo demás sigue en la oscuridad.