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Hoy es lunes, 24 de enero de 2022

Ricardo Bochin recuerda al amigo Diego

• A un año de la muerte de Maradona, Bochini extraña a la persona que se fue

Ricardo Bochin recuerda al amigo Diego

CIUDAD DE MÉXICO.

La mente de Ricardo Bochini viaja al pasado cuando el recuerdo de Diego Armando Maradona lo invade. Grabado a fuego, está Diego en el corazón.

Bochini, el genio que inspiró a Maradona a pintar sus mejores gambetas en un lienzo de color verde, habló con Excélsior.

“Todos hablan de Diego el futbolista, que era un fuera de serie, pero yo recuerdo al amigo, ése que me buscaba, me pedía consejos y con el que hablaba del futbol y la vida. Lo que hizo ahí está, es irrepetible.

Se subía el pequeño Maradona al tren Roca en la estación Villa Fiorito para acudir a la cita con su ídolo a principios de los años 70, cuando veía a Bochini hacer magia con Independiente de Avellaneda.

“Para mí, ser ídolo del ídolo fue un orgullo. El hecho de que Maradona dijera que de chico iba a la cancha a verme jugar es una emoción que aún me estremece. Recuerdo la primera vez que hablamos, fue en un partido cuando él estaba en Argentinos Juniors, luego esa tarde pasó a mi departamento con Jorge Cyterszpiler, su representante y fuimos a comer”.

El 22 de febrero de 2020, Bochini fue a la cancha de Independiente porque era un homenaje a Diego Maradona y su sorpresa fue que el astro pidió que ese estadio se llamara Ricardo Bochini, lo que será realidad en diciembre.“Fue la última vez que lo vi, habló para todo el estadio”.

En el recuerdo queda esa selección argentina campeón del mundo  en México ‘86 y sus complicaciones entre críticas de quitar del banquillo a Carlos Salvador Bilardo.

“Fue muy lindo compartir vestuario con él, disfrutamos mucho ese Mundial. El equipo no venía bien y nos afirmamos en México porque llegamos un mes antes”.

DIEGO CON UNA PIZZA EN EL ABISMO

Maradona se miraba en el espejo. Era como si Dios y el diablo fueran el mismo. El mejor jugador del mundo era una oronda figura que rebasaba los 120 kilos de peso.

En aquel 2003, Maradona vivía en el abismo y fue invitado a México a un partido de despedida en el Estadio Azul.

Quien lo trajo fue un directivo de Televisa y del Necaxa en aquel entonces, Alejandro Bocardo.

“Me permitieron ir a buscarlo a La Pradera, el centro de rehabilitación en La Habana que le puso el presidente Fidel Castro, estaba muy mal, obeso porque además tenía un serio desorden alimenticio y con el pelo largo”.

Maradona aterrizó en México bajo un estado catártico y lo primero que hizo fue rehusarse a ser huésped en un hotel de cinco estrellas en el que estaban, entre otros, Júrgen Klinsmann e Iván Zamorano.

“Lo llevamos a Valle de Bravo y horas antes del juego nos dijo que no iría al estadio en carro, así que tuvimos que conseguir un helicóptero con Alejandro Burillo que lo mandó desde Santa Fe”, relata Bocardo.

Ya en el estadio Azul, un Maradona hambriento, que había pasado la madrugada jugando golf por lo que tuvieron que alumbrarle el campo con luces de camionetas RAM  y la mañana disparando perdigones dentro de su habitación, pidió una pizza y una Coca-Cola, si no, no saldría a jugar.

“Conseguimos porque era una zona comercial. El masajista le sobaba los muslos mientras se comía su pizza con refresco. El partido tuvo 50 minutos de retraso por él”.

MARADONA AÚN VIVE EN CULIACÁN

“Suerte para usted, presi, que le tocó el Maradona de 58 años”. Estas palabras aún retumban en la memoria de Antonio Núñez, presidente de Dorados, cuando cuenta lo que tal vez sea el germen del paso de Diego en Culiacán, Sinaloa.

A este sitio, uno de los principales productores de cocaína, la que alguna vez estuvo a punto de matarlo, llegó Maradona a trabajar porque la muerte en él estaba increíblemente mezclada con la vida.

Fue también uno de esos lugares que hicieron feliz a Maradona, su penúltima estación como entrenador de futbol.

Era notorio que le costaba trabajo hilar palabras, “es que tomaba muchos ansiolíticos”.

Recuerda  esa primera vez, previo a un juego de preparación ante Gallos después de cenar.

“Lo notaba preocupado. Uno de sus ayudantes me respondió que quería una cerveza pero al mismo tiempo no quería beber. Le solicité al mesero un par y me levanté hasta su lugar. Le puse la botella enfrente y le prometí que nunca, mientras estuviera en Dorados, tomaría solo. Esa noche nos bebimos como ocho cada uno y comenzó un punto de amistad”.

Maradona dirigió dos torneos a Dorados entre 2018 y 2019 y perdió dos finales. “Era complicado ser Maradona, pero entendía su personaje. Alguna vez se fue solo al Walmart a comprar shampoos, ¿por qué? no lo sé, era agradable aunque al día siguiente podía ser irritable. Fue mi mejor negocio, cobró 200 mil dólares por torneo, no vino por dinero, sino por volver a vivir”.