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Hoy es domingo, 26 de mayo de 2024

En privado

Impunidad y corrupción.


Debe ser satisfactorio para el pueblo saber que ahora, todos quienes luchan por alcanzar un cargo público, llevan implícito en su mente no caer en la tentación de la corrupción. Y menos aún allá, en las altas esferas de la admiración pública desde donde hacen esfuerzos por extirpar ese cáncer maldito que tanto daño ha causado a los mexicanos, al grado de provocar la multiplicación de la pobreza.

Efectivamente, porque quiérase o no, erradicar, o al menos poner un freno a la corrupción se antojaba algo muy lejano, incluso como una tarea muy difícil, cuando la realidad es que era solo cuestión de voluntad; y sobre todo que alguien se atreviera a poner el dedo en la llaga, tal y como se ha venido haciendo –y hay que reconocerlo-- desde el gobierno federal.

Y es que al igual que la impunidad que tanto daño ha causado, durante siglos la corrupción se ha paseado por los cuatro puntos cardinales de México arrastrando sin piedad un costal lleno de maldad y perversión, y repartiendo a su paso negros nubarrones con vientos cargados de desgracias, de tragedias y desaliento.

Tal y cual ha sucedió. Y los resultados de esta insana mancuerna, han sido tan negativos que han ocasionado la contaminación de los mares, agitando fuertemente las aguas de nuestros océanos, provocando cruentos maremotos con tan graves consecuencias al tocar tierra que juntos, impunidad y corrupción, han  acarreando más calamidades y más desgracias de las que ya nos ha traído la naturaleza y la pandemia.

Y ambos, corrupción e impunidad, han cohabitado siempre a la sombra de la sinrazón y el  importamadrismo  pariendo un triste binomio como lo es la pobreza y la violencia. Y esos mismos negros ventarrones han acarreado crueles catástrofes y grandes desastres, y ahora, en estos tiempos modernos, hasta despiden fétidos olores a huachicol y a infladas urnas, repartiendo no solamente cadáveres por doquier, sino  quemazones políticas. Y lo peor ha sido que luego de esa malsana y rechazable fornicación entre impunidad y corrupción, ha surgido una maldita silueta apocalíptica capaz de abortar diabólicos engendros, también dentro del argot político.

Y ya después, esos pedazos de fetos demoniacos habrían de llegar a tocar algunas puertas gubernamentales para untar las manos de aquellos en los cuales, un día el ingenuo pueblo depositó su voto y su confianza. Luego entonces, lo más cuestionable y sobre todo lamentable de todo es que ese pestilente rincón del olvido, a donde han sido relegados los cincuenta y tantos millones de pobres en México, ha sido, y sigue siendo culpa de la corrupción y la impunidad, donde por supuesto llegaron a incrustarse los malos gobernantes.

Con esto quiero decir que todo en su conjunto ha sido el putrefacto resultado del desgobierno y el me importa poco. Porque todo proviene de allí. De las fallas, de los desaciertos, del aquí no pasa nada, mientras la pobreza aumenta y los malditos jinetes del apocalipsis seguirán cargando con el dinero mal habido para transportarlo  a esos espacios remotos a donde jamás podrá escalar el pueblo.

Y aquí hay que reconocerlo. El receptor de todo, lo es nada menos el pueblo, que entre penas y penas, y golpe tras golpe que le han propinado, lo han obligado a aprender que la suma de uno más uno son dos: pobreza y violencia. Porque pese a todo lo que se diga, a estas alturas de la administración federal, no ha sido posible combatir ninguno de estos dos fenómenos

Y porque justamente el pueblo se ha dado cuenta que ni más ni menos allí, al interior de los gobiernos, ha faltado táctica, estrategia, y cerebro. Como también el pueblo ha descubierto que quienes han estado al frente de los gobiernos se han contagiado de la impunidad y la corrupción, lo cual es comprobable cuando aquellos se inclinan por las nocivas prácticas del compadrazgo, del amiguismo, y el nepotismo.

Como también ha observado que han sobrado complacencias, que ha habido excesos, que se denotan privilegios, favoritismos y predilecciones, cebando a los peces gordos, mientras por otro lado siguen obligando a morir de inanición a los de abajo. Es decir, demasiadas consideraciones para unos. Y muchos golpes para otros.

Por consecuencia, desde allí, desde adentro de los gobiernos han emanado espectros lesivos que no solamente están frenando el progreso, sino que están obligando al cometimiento de actos antisociales. Es decir, con sus acciones negativas han sido los mismos gobiernos quienes han coadyuvado para que el rico se haga más rico y el pobre más pobre. Y con ello la lista de pobres se haga más extensa.

Sin embargo, está comprobado que después se asustan hasta de la sombra de los monstruos que ellos mismos han parido. La mayor prueba la tienen hoy en sus manos, al darnos cuentas  que como papa caliente se ha tornado insoportable frente a los dos grandes problemas como lo es la pobreza y la violencia que, -a decir verdad-  ya se les salió de control.

Y aquí vale la pena hacer referencia a otro dato importante, como lo son las facilidades que desde el gobierno se ha otorgado y se sigue otorgando para el establecimiento de los grandes consorcios comerciales. Mientras por el lado opuesto, han provocado la desaparición de los pequeños comercios, lo que se antoja pues como una insana y maldita conspiración dentro de un despreciable amasiato, con lo cual han coadyuvado para la construcción de esos senderos por los cuales han conducido a México a la desgracia.

Y esto lo dejan en claro los fantasmales anuncios de: “se renta o se vende”, que ostentan miles de pequeños establecimientos antes prósperos y de donde se alimentaban las familias. Y en esa vorágine de fatalidades, los perdedores son, y siempre lo han sido, nada menos que los más jodidos quienes ahí siguen derramando  lágrimas al saber que lo único que tienen asegurado, después de esto, es la muerte.

Y mientras eso ocurre, para mayor burla y más desgracia, desde los altavoces de todos los gobiernos hipócritamente se ufanan  cubriéndose con el estandarte de la democracia. Cuando es lo que menos les importa. Porque la democracia lo es precisamente el pueblo. Y porque es a él, al pueblo, a quien se debe el gobernante. Y porque es a él, al pueblo, a quien le asiste la soberanía y el derecho. Lo que por consecuencia debería obligar a los gobernantes a tomarlo en cuenta.

 Y debe hacerlo antes de que el hartazgo rebase los límites del pueblo, Y mucho antes de que agote su paciencia.  Porque después será demasiado tarde.   Cuestión de tiempo.