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Hoy es domingo, 26 de mayo de 2024

En privado

• El debate


En mi anterior entrega escribí que sin temor a equivocarme, tanto Víctor Castro, como Pancho Pelayo, son buenos candidatos. Y dije también, con plena certeza, que esta afirmación la basaba yo en la aceptación popular que hasta hoy, y a solo unos días de celebrarse el proceso electoral, han tenido ambos. Lo que usted, lector, no me dejará mentir.

Y que quede claro, no cambiaré de idea respecto a que por esta ocasión alguno de los dos habrá de ser el gobernador de Baja California Sur. A menos que, tomando en consideración aquello de que uno propone y Dios dispone, Él, determine otra cosa. Y aquí debo dejar muy en claro que no se trata de que ellos sean los mejores, toda vez que entre el resto de candidatos hay valiosas y valiosos elementos, con sobrada capacidad e inteligencia.

Luego entonces he de decir que hasta ahora lo único que distingue tanto a Pancho como a Víctor, es que, ya sea por su carisma y derivado de los cargos que han ostentado, o bien por el gran apoyo que reciben de los partidos que los proponen, ambos son quienes van a la cabeza en las encuestas. Y eso es incuestionable.

Sin embargo, y aquí justamente viene la crítica de hoy, esperando que ambos candidatos la hagan suya y sobre todo la analicen. En cuya crítica, y derivado de los debates que entre las y los candidatos a la gubernatura se han celebrado en las últimas fechas, por esta ocasión me veo obligado a compartir la gran decepción del pueblo.

¿Por qué? Porque lamentablemente en lo que debiera de ser una tribuna de propuestas, de compromisos, de ofrecimientos, se está tornando en un lavadero público, donde cotidianamente los mencionados tallan su ropa sucia y la de su familia, olvidando por tanto la vieja sentencia de que la ropa sucia se lava en casa, y dejando por un lado lo más importante como son las apremiantes demandas y necesidades del pueblo

Efectivamente. Enfrascados en esa andanada de dimes y diretes donde solamente ha faltado que se líen a golpes, ha escaseado la discreción y la seriedad y no ha tenido cabida ni la prudencia ni la inteligencia. Y eso es mucho más lamentable en dos seres que presumiblemente están ahí para responder a las expectativas de un pueblo como el nuestro, inserto en un mundo de necesidades y por lo tanto, ávido de respuestas.

Y mientras aquellos se rasgan las vestiduras arriba del cuadrilátero de los desafíos, los desquites, y las ansias del poder, acá abajo está un pueblo sumido en el olvido y la frustración, esperando con ansias la solución a sus problemas. Y cuyo pueblo sabe que no son tiempos de permanecer expectante ante un encuentro de gladiadores sino que son tiempos de unidad y solidaridad, porque solo así podrá enfrentar los retos que le depara una crisis pandémica como la actual.

Digamos sin ambages, un pueblo harto de falsas promesas, agobiado de incumplidos ofrecimientos y cansado de sufrir hambre, desempleo, Coronavirus. Un pueblo que a cambio de todo, solamente quiere pasear por sus calles en paz, en concordia con los demás y sobre todo disfrutar de los bellos amaneceres y atardeceres, del sol, del mar, de la suave brisa, y todo aquello que le brinda la naturaleza.

Así es señores candidatos. Tal vez ustedes enfrascados en esa cruenta lucha de denostaciones y agravios, no han siquiera analizado que en medio de esa funesta alharaca de alborotos y discusiones ubican al principal elemento de sus preocupaciones como lo es el pueblo y que será quien finalmente defina la suerte de ustedes. 

Un pueblo que sumido en sus desgracias y atragantándose sus penas, atento y calladamente los observa y los escucha. Así es señores candidatos:

Acá, abajo, los pescadores. Esos hombres de curtida piel que por años han ofrendado su vida al mar, y que ya cansados de ser el sebo y  la carnada de los intermediarios esperan plácidamente arriba de sus endebles embarcaciones que un día los lleve consigo ya sea alguno de los dioses del mar como lo son Poseidón o  Neptuno. O tal vez Glauco, este último considerado como el Dios marino de los pescadores con poderes proféticos. Y todo, porque en ocasiones el mar embravecido no les quiere entregar ni un pez para llevar a su mesa.

Más acá, los hombres del campo, esos seres de rugosos rostros que por tantos años han regado sus áridas parcelas con sudor y lágrimas, y que ya cansados de emitir sus gritos al desértico llano, hoy solamente claman un poco de seguridad para sus campos siniestrados y una semilla para tirar a la pepencha para ver si la suerte les favorece con una espiga.

Allá los obreros, con sus dedos cercenados por la irracional y eterna explotación del rico, con sus oídos sordos por la opresión y con las retinas desprendidas por la ceguera de gobiernos insensibles y corruptos líderes. Hombres que ya hastiados del abuso y la explotación con la fatiga dibujada en cada surco de su rostro tras cada faena dejan sus penas colgadas en los overoles del abuso y la esclavitud.

Ahí también los jóvenes, quienes aun cuando anhelan la certeza de un mejor porvenir, ya no quieren seguir siendo la promesa del futuro, sino la certeza del presente, y que pese a ser sabedores de toda la rapiña, aún confían y son capaces de creer en alguna o alguno de los candidatos, lo mismo que en Pancho, o Víctor, dibujando en sus rostros, –a pesar de todo-- un mañana mejor para ellos.

Claro, sin descartar a las amas de casa. Aquellas abnegadas mujeres que día con día y con un dejo de lamentación en sus ojos y en sus labios se preguntan: ¿qué daré de comer hoy a mis hijos? Y por supuesto, las mujeres en general, quienes piden a gritos mayor seguridad para ellas, porque ya no quieren salir a las calles destilando el miedo por cada poro de su piel.

En síntesis, si es que realmente desean que la sociedad confié en ellos, --Víctor y Pancho--, ambos deben hacer acopio de serenidad y aplomo, y evitar que les gane la excitación y el apasionamiento.

En pocas palabras, deben actuar con ecuanimidad, equidad, y moderación, lo que por ende, no les quitará ni firmeza en el mando, ni seguridad en el actuar.

Cuestión de tiempo.