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Hoy es domingo, 26 de mayo de 2024

En privado

• Pancho Pelayo- Víctor Castro


No temo equivocarme al decir que ambos, --y la aceptación popular que hasta estos días antes del proceso electoral han tenido, no me dejará mentir--, tanto Víctor Castro, como Pancho Pelayo, son buenos candidatos. Pero desgraciadamente, como siempre sucede, los dos se han visto obligados al pago de favores de compromisos partidistas, y con ello permitir lastres en candidaturas subsecuentes, como son a las presidencias municipales, a las diputaciones, y a otros cargos.

Y justamente en la entrega de hoy, y tomando en cuenta mi preocupación y la del pueblo en general por los aberrantes hechos registrados que durante varios trienios se ha registrado en el Congreso del estado, haré alusión concreta a las diputaciones.

Luego entonces empezaré diciendo que, de frente a lo ocurrido retiradamente en el Congreso, dudo que esa nueva hornada de aspirantes a las diputaciones locales, habrán de responder a las expectativas del pueblo, o en su caso dudo que lograrán limpiar toda la podredumbre que desde aquellos tiempos ha alcanzado a enlodar los pisos y las paredes de lo que debiera ser el orgullo para los sudcalifornianos en materia de honorabilidad, soberanía y democracia.

Es decir, dudo que puedan evitar que allí se vuelva a anidar el desgano, la incertidumbre, el importamadrismo, y que de una vez por todas eviten que al interior del Congreso se sigan tejiendo esas despreciables redes de corrupción insertas en cobros de facturas, en untadas y cuotas de poder, a través de las cuales pudieron cobrar los de antes y muchos antes, formando así parte del desenfreno, del pillaje, del despilfarro, en ese oprobioso saqueo de nuestras exiguas arcas.

Porque, pese a lo que puedan opinar los defensores de oficio que nunca faltan en casos como estos, esa fue la práctica común en la sede del Congreso local, lo cual, incluso, llegó a traspasar los sus muros, para de inmediato convertirse en noticia de los medios masivos de comunicación y comidilla de las redes sociales.

Y es que, por ese maldito sendero de la corrupción no solamente galopan los jinetes del apocalipsis, ni tampoco solamente los del “prian”, como reiteradamente acusan quienes mucho antes jubilosos entonaban canciones priistas, como Alfredo Porras Domínguez, y muchos otros que hoy se dan baños de pureza.

Así las cosas que en lo oscurito o a plena luz sucedían en la máxima sede del estado mientras la ignorancia y la pasividad del pueblo seguían siendo explotadas para elevarlo a la máxima potencia y convertirlo –efectivamente- en el gran protagonista durante las jolgorientas festividades de cada domingo electoral, donde –por consecuencia--  en esa mesa de engaños,  el pueblo se convertía en el plato fuerte de los candidatos.

Entonces a esa nueva hornada de legisladores hay que pedirles que tampoco hagan como lo hicieron los otros. Que, tal como lo hacen los cobardes antes de desertar,  la gran mayoría de los diputados y las diputadas se dedicaron a  matar el tiempo en pueriles Exhortos e Invitaciones; lo mismo que en Decretos Paupérrimos, en Inconsistentes Puntos de Acuerdo y en Iniciativas triviales, mientras que inmersos en discusiones bizantinas, y en pláticas carentes de argumentos, de análisis y de juicio, dejaron traslucir su escaso conocimiento en el debate de las ideas, de los acuerdos de altura, y que por culpa de ellos y ellas,  el pueblo siguió como siempre,  sumido en la indefensión, en la desconfianza, en la desgracia.

Porque así fue cuando martes con jueves y jueves con martes, con su índice en alto, se dedicaron a profanar la honorabilidad de un recinto erigido en aras de la libertad, de la soberanía, de la pluralidad, de la democracia; y con esa uña de su índice en alto, fueron capaces de rasgar la cúpula parlamentaria de la libertad, de la legalidad, y de la libre expresión de las ideas.

Y es que, veletas al fin, con principios ideológicos indefinidos e insertos en intereses obscuros, bastardos y mezquinos, cayeron en la inercia, en la holganza, y con poses de diva, convirtieron la máxima tribuna del estado en la pasarela de los reflectores, del exhibicionismo, del culto a la personalidad, de los elogios mutuos; y al fin, proclives al protagonismo, a la improvisación, a la ovación y al aplauso, desdeñaron los más nobles sentimientos de la sociedad y jamás defendieron ni los ideales, ni las necesidades prioritarias del pueblo.

Por el contrario, fueron perversos, apáticos e Indolentes,  y tras el proceso electoral respectivo, ya una vez sentados en la curul de la suerte, del fuero, el ocio y la dieta, se cubrieron con la coraza de la arrogancia, de la presunción, de la soberbia. Y fue entonces que con argumentos pobres y sin fundamento, hicieron de la tribuna el reducto del discurso veleidoso y el confín de la oratoria ficticia, convirtiéndose en cómplices del desaseo y en protectores de la corrupción.

Es lamentable decirlo pero los diputados y las diputadas nunca demostraron la reciedumbre, el vigor, la fuerza y el coraje para debatir; fueron más bien comprensivos, conciliadores, cordiales y muy tolerantes al perdonar el despilfarro, el abuso, el cinismo, el robo y la perversidad de aquellos que en su momento saquearon las arcas de todas las administraciones municipales, y que de paso, se mofaron del pueblo, lo que también llegó a ser noticia común y comidilla de las redes sociales.

Y que quede muy claro respecto a lo que hoy escribo. Al igual que el pueblo, no estoy centrado en una obsesión. Y por tanto no estoy pidiendo que esos que vendrán a ocupar las curules sean un dechado de virtudes, de honestidad e inteligencia y que constituyan lo mejor en la historia de las legislaturas. Sino que más bien estoy inmerso en una preocupación: mi pueblo. Ese pueblo que estoicamente ha soportado la pobreza, el hambre y la Pandemia.

Ese pueblo al que hoy, --ustedes que como candidatos se pasean al filo de la navaja entre la posibilidad del triunfo y el riesgo de la derrota--, nuevamente convocan con desesperación para una vez más convertirlo en el centro de atracción, aunque después, --como siempre sucede--, se olviden de él.

Pero que conste. Lo único que el pueblo jamás hará, será inclinar la cerviz ni ponerse de rodillas como lo pretenden demostrar algunos humillantes spots para ganar votos y adeptos. Por el contrario, aun cuando los golpes sean cada vez más duros y caminemos por oscuros senderos, seguiremos con la frente en alto, con la firme esperanza de encontrar esa anhelada luz al otro lado del túnel.

Cuestión de tiempo.