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Hoy es lunes, 26 de octubre de 2020

Cambio climático amenaza a pescadores desde BCS hasta Uruguay

Adrián Munguía, investigador de la Universidad de Arizona, asegura que el calentamiento del mar ha provocado la mortandad de distintas especies de invertebrados

Cambio climático amenaza a pescadores desde BCS hasta Uruguay

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La Paz, Baja California Sur.- Un estudio reciente publicado en la revista científica Nature ofreció un cálculo sobre el calentamiento global, adelantando que para el año 2100 la temperatura del planeta habrá aumentado hasta 5 grados Celsius. Esto calentaría más los mares, fenómeno que, según Adrián Munguía Vega, investigador asociado a la Universidad de Arizona en el área de Ecología y Genética, ya provoca en el Océano Pacífico “mortandades de invertebrados, eventos de hipoxia o de falta de oxígeno”, así como especies de peces y otros animales que cambian su distribución: “no están siendo pescados en las mismas zonas”, así como “nuevas especies que están apareciendo en lugares en donde no estaban”.


Steven Sherwood, investigador del Centro de Excelencia para el Clima de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, y autor principal del estudio, explicó al diario inglés The Guardian que antes se preveía un aumento máximo de 2 grados, pero no se habían tenido en cuenta a las nubes como factor atmosférico esencial. Según el estudio, conforme se calienta el planeta se forman menos nubes que reflejan la luz del sol, gracias a la convección del vapor de agua, provocando así un aumento de la temperatura media. Este aumento, en palabras del investigador, “probablemente sería catastrófico en vez de simplemente peligroso”, pues la vida en los trópicos sería casi imposible y garantizaría el deshielo en Groenlandia y parte de la Antártida.  


Munguía Vega, quien ha enfocado parte de sus estudios en el Golfo de California, explica que hoy, desde México hasta América del Sur, “uno de los principales cambios que están enfrentando las comunidades pesqueras son los cambios climáticos”. Las comunidades de la península de Baja California ubicadas en lado del Océano Pacífico han tenido en los últimos años un aumento en la frecuencia de eventos climáticos, indica, mostrando que fenómenos como El Niño tenía tenían una frecuencia aproximada de 7 años, mientras que ahora ocurre cada 3 o 4 años, así como otras “masas de agua caliente” se presentan aproximadamente cada 2 años, lo que antes no ocurría. 


En la costa Pacífico de la península, detalla el investigador de la Universidad de Arizona, se han documentado efectos en especies comerciales como abulón, “mortandades importantes durante los últimos años”, y “cambios en la abundancia de la langosta”. De la misma manera, especies tropicales como el dorado “están llegando a zonas de Ensenada y del sur de California, donde normalmente no se distribuían”. Los bosques de alga o kelp, por otra parte, hábitat de diversas especies, están desapareciendo “porque el agua está demasiado caliente”.


 “Los problemas que tienen los pescadores en Perú y en Chile, son muy parecidos a los que estamos enfrentando acá. El cambio climático es algo que está afectando a la costa del Pacífico en general, ya sea la corriente de California o la corriente de Humboldt en Chile y Perú. Están teniendo efectos similares: mortandades de invertebrados, pero también problemas como pesca ilegal y conflictos entre organizaciones”, advierte Mungía Vega. “El sector pesquero en México […] debe tener muchísima más atención: en general, del público, del gobierno, de otras organizaciones; porque es un sector muy importante, un sector del que dependemos para alimentos y para el cuidado de la biodiversidad”.


Es así que el investigador de la Universidad de Arizona sugiere 2 estrategias para contrarrestar los efectos del cambio climático en materia de pesquerías. Una desde el aspecto ecológico y la otra desde el ámbito social. En el primer caso, “establecer zonas de refugio pesquero y zonas de reservas marinas […], lo que permite tener una reserva de organismos que se están reproduciendo y que nos pueden ayudar a enfrentar este tipo de cambios”. Mientras que, a nivel social, la ciudadanía debe preocuparse por saber “qué organizaciones están trabajando cerca de su comunidad, acercarse a ver qué información tienen, dónde venden su producto, saber quiénes son y cómo se llaman”. 


Caso El Pardito

Juan Pablo Cuevas Amador es pescador de la isla El Pardito, donde se pesca cochito, cabrilla y demás especies de escama, así como tiburón ángel: éste último capturado por tradición y de manera ilegal. Su familia, que por generaciones se ha dedicado a la pesca, ha enfrentado diversos retos a causa del cambio climático. Desde 1993 empezaron los descensos en la pesca, recuerda, y en ese momento decidieron unirse a las investigaciones de la Universidad de California, en Santa Cruz. Sin embargo no fue sino hasta 2012 cuando instauraron las primeras zonas de refugio, pues para ese momento “se estaba terminando todo el pescado”. 


“Nos dimos cuenta con la baja en la cantidad de volumen de pescado. Entonces nosotros nos preocupamos y empezamos a pensar entre todos qué podíamos hacer. Niparajá nos dio la idea, porque uno como pescador a veces está cerrado a muchas cosas ¿no? Nos dijo ‘hay esta opción’, y entre todos los pescadores elegimos lugares, por ejemplo esteros, lugares donde sabíamos que se aglomera más el pescado, para que el pescado se reproduciera (sic) y, pues, la verdad que sí nos ha dado buen resultado”, explica Juan Pablo Cuevas. 


“Está muy baja la producción ahorita. Mi papá me cuenta que antes, ellos, cuando pescaban tiburón, que es de aleta […], ellos agarraban lo que querían. No es como ahora que trabajas y agarras lo que te llega a caer. Antes agarraban 20 o 30 tiburones en un día […] Casi no trabajaban el pescado ellos, porque no tenía mucho valor, pero dice que de jureles y cabrillas había manchas grandes, y ahorita, pues, jurel sí hay, empezó a haber otras vez hace como 3 años en la zona, pero no como en aquellos tiempos [...] Me acuerdo que cuando estaba de 7 u 8 años, tengo 39 ahorita, me acuerdo que escuchaba que los Leones, que son unos pescadores vecinos, agarraban 30 toneladas, 20 toneladas […] Ahora ya se cambió incluso el tipo de pesca, ya nomás pescamos con línea y anzuelo y alcanzamos a sacar 20 o 30 jureles en un día, 50 a veces. Pero es algo muy bueno, porque así alcanzamos a agarrar todos y no agarra un grupo nomás todas las toneladas que andan ahí”.


En El Pardito, trae a colación Juan Pablo, cuando se crearon las zonas de refugio los pescadores creyeron que las autoridades los tomarían más en cuenta, pues lograron establecer 12 desde Punta Coyote a San Cosme. Sin embargo, en ese sentido, todo “siguió igual”, se queja, “resulta que no ha habido tanta vigilancia”. Es por ello que pescadores de El Pardito, San Evaristo y Punta Alta organizan un Comité de Vigilancia, en donde se capacitan para generar reportes escritos y fotográficos sobre pesca ilegal.


En este aspecto, Juan Pablo asegura que, hoy por hoy, el “problema más grave” que enfrentan es “el turista”, gente que pesca “por diversión y lo hace mal”, sin un control. “En lo que coincidimos todos los pescadores de todo el país, y varios países aparte”, indica, “es en el daño que nos están haciendo los furtivos, que es en todo el mundo […] El furtivo, que es el pescador, obviamente que anda sin permiso y sin nada, y el turista no respeta las reglas […] El turista te llega con un permiso que hasta en los Oxxo lo venden, de arpón, y arponean en lugares que tú estás cuidando”. Igualmente, afirma que “hay muchos que se camuflajean (sic) con la pesca deportiva y aprovechan para hacer arponeo y arrasan. Con ese tipo de pesca no estamos de acuerdo nosotros”, concluye, “el arponeo lo agarran como de moda y el buceo libre y no sé cuánto: está bonito y todo, pero nos hace mucho daño”.


La Bahía de San Jorge

Manuel de Jesús Muñoz Espinoza es un pescador de la cooperativa de Bahía de San Jorge, en Caborca, Sonora. Ha sido galardonado por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) y la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca (Conapesca) por su labor de conservación, demostrando que “se pueden proteger las especies y seguir trabajando el mar”.


Manuel de Jesús Muñoz explica que, en 2013, ante el descenso en la captura de algunas pesquerías, pescadores de la bahía, con ayuda de la Sociedad de Historia Natural Niparajá, iniciaron monitoreos de especies, los cuales resultaron exitosos, permitiéndoles acceder a recursos y crear el grupo Humedales Bahía de San Jorge, donde 15 mujeres limpian humedales y esteros sonorenses, así como el grupo Manos en Acción, conformado por estudiantes que se hacen cargo de 15 kilómetros de playa. Con el tiempo establecieron talleres de aves terrestres para estudiantes de primaria, apoyados por la asociación civil Pronatura y la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio). Igualmente, participan con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en el monitoreo del pato bobo para estudios de genética y comportamiento animal, así como con la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) para la investigación de aves playeras y ballenas.


Manuel opina que desde que los pescadores se abocaron al cuidado de los recursos del mar ha cambiado la cultura de los ciudadanos. “Antes la tortuga marina la gente se la comía, y en base (sic) a que también tomamos talleres sobre el monitoreo de tortugas y el varamiento de tortugas, ahora la gente la devuelve al mar”, cuenta, mostrando que, por otra parte, debido a los refugios pesqueros establecidos “el camarón aumentó: de agarrar el año pasado 2 toneladas, ahora se capturaron 20 toneladas, entre 30 o 40 embarcaciones”. 


Este pescador de Sonora, cree que “la coincidencia” que existe entre todos los pescadores del país es que ahora “todos quien los refugios pesqueros”, mientras que “antes les tenían miedo”. En el corredor pesquero Peñasco-Puerto Lobos, están por implementarse 20 refugios, adelanta, así como 7 en San Jorge, éstos exclusivos para jaiba, camarón y caracol rosa. “Aunque el gobierno no nos quiere respaldar para crear esos refugios, voltariamente se están haciendo”.


Hasta La Coronilla

Ramón Agüero es un pescador de Uruguay, residente de un balneario llamado La Coronilla, en el departamento de Rocha. Por 62 años se ha dedicado a la pesca artesanal de almeja amarilla.


Él recuerda que hace 30 años en la costa de La Coronilla había una población de 400 toneladas de almeja en 21 kilómetros de extensión. Para ese entonces, explica, el Estado no sabía de la riqueza de los mares en el Uruguay, pues veía con más al campo. En 1994, de manera repentina, “murieron las almejas de norte a sur, desde Brasil hasta Uruguay y Argentina, murió toda”. Cuenta que fue a la playa y no encontró almejas, dio algunas paladas en la arena y 10 centímetros bajo tierra encontró las almejas. “La arena estaba negra, había mal olor, las almejas estaban muertas”, se lamenta aún. “De la noche a la mañana nos quedamos sin recurso, no quedó ni una”.


Fue hasta 2008 cuando se regularizó la captura de almejas en la zona. “Yo iba a la playa después de la mortandad, fui a la playa por 7 años”, narra Ramón Agüero. “Con un balde y una pala me iba caminando para hacer un reconocimiento, a ver si había. Me empecé a encontrar de a una. Caminaba 15 kilómetros para llenar un tarro de 10 kilos”. Es así como empezó a haber almejas pequeñas otra vez en La Coronilla. Fue entonces que solicitó la presencia de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara). 


A partir de entonces se reguló la captura de almeja, dando permisos de 150 kilos a cada pescador, pero también “ahí empezó la guerra”, explica Ramón, pues “cuando descubrieron que había almeja los depredadores, se volvieron” e intentaron arrasar con el producto. “Pero nosotros ya estábamos armados”, se acuerda, “nosotros ya teníamos permisos de Dinara”. De tal manera que, tras muchas discusiones, se lograron organizar 39 permisionarios para ser los únicos que recolectarían almejas y crearon un reglamento interno donde se igualaron precios de venta. 


Estudios recientes, cuenta Ramón Agüero, revelaron que la mortandad tuvo como causa el calentamiento del agua, algo que él dice creer, ya que confía en Dinara y sus biólogos, no obstante, confiesa, aún lo duda, argumentando que las almejas murieron en la arena y no en el agua. Hoy, se dedica, día a día, a proteger la costa de lo que llama “arrancadores furtivos”.


 “Hoy tenemos menos cantidad, pero mejor calidad […] Nosotros hoy no vendemos la almeja  a 150 pesos ni la pulpa a 600 pesos […] La vendemos en el este, en La Paloma, La Aguada, La Pedrera, Costa Azul, Punta del Este, Piriápolis, Montevideo. Hoy, un kilo de almeja purgada vale 700 pesos y un kilo de almeja para carnada vale 250 pesos”. 


De Pescador a Pescador

Del 5 al 8 de noviembre, pescadores de la costa mexicana del pacífico, así como de Perú, Chile y Uruguay, se reunieron en La Paz durante la quinta edición del foro De Pescador a Pescador, organizado por la Sociedad de Historia Natural Niparajá, en donde se habló de cambios, desde ambientales y políticos, hasta económicos y tecnológicos, a los que se enfrenta esta comunidad día con día, coincidiendo en que la pesca furtiva y el cambio de temperatura en las aguas es un común denominador cuando de retos se trata. 


La coordinadora del Programa de Pesca Sustentable en Niparajá, Ana Hudson Weaver, explicó que “uno de los principales problemas que enfrenta el pescador es la pesca furtiva y la falta de control de pesca ilegal, porque, por más que el pescador quiere hacer las cosas bien, existen otras personas que no y es muy difícil que ellos mismos sean los que combatan a sus vecinos o a sus compañeros de una comunidad cercana”. Asimismo, indicó, “los cambios climáticos son poco entendidos”, por lo que el pescador debe entender con qué frecuencia ocurren y saber “si hay cosas que se puedan hacer al respecto”, como “crear zonas donde no se permita la pesca o cuotas de captura”. 


Entre los principales temas que compartieron los pescadores fueron técnicas de comercialización en línea, la manera de integrar fondos de ahorro escindidos del gobierno, la creación de bodegas conjuntas y el establecimiento de áreas de resguardo pesquero. 


José de Jesús Flores Higuera, presidente del Consejo de Administración de la Federación de Cooperativas Pesqueras (Fedecoop), recordó que hace poco más de 7 años se vivió un descenso en la producción de especies de escama, por lo que pescadores sudcalifornianos se dedicaron a “crear herramientas” que les permitieran “seguir pescando”. Es así como establecieron zonas de refugio creadas y diseñadas de acuerdo a las necesidades de los pescadores a partir de 2012, en donde, además de especies de escama, se reproducen invertebrados y moluscos.  


“Bajó el índice en un 15 por ciento y desde entonces ha incrementado en un 30 por ciento en biomasa y captura”, narró Flores Higuera. “Para lograr hacer las zonas de refugio hemos creado alianzas con ONGs, con el mismo gobierno, con las cooperativas y con las mismas comunidades, que han propiciado precisamente que sean proyectos de éxito. Nuestras comunidades se han involucrado tanto en el proyecto que, para evaluar la zona, en la investigación se toman en cuenta datos que generan los mismos productores. En las comunidades tenemos alrededor de 60 técnicos pesqueros, que son los que se encargan de medir, de evaluar, de monitorear y llenar bitácoras de la producción que se está realizando en la zona. Eso nos da la certeza del aumento en la producción: son números reales, con base en estudios”. 


Actualmente, los pescadores de la Fedecoop en BCS tienen una exportación de alrededor de 150 toneladas de huachinango al mes y de hasta 60 toneladas de cabrilla, “cifras que van en aumento”, señala el presidente del Consejo de Administración, al afirmar que éstas son “especies que han mejorado las tallas” a lo largo de los años, lo que demuestra que practican una “pesca sustentable”. Es así que los productos del mar sudcaliforniano no sólo llegan a Estados Unidos (EEUU), sino a países asiáticos y del oriente medio.