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Gran tribuna - martes 01 enero 2019


· Concluyó un año de sorpresas, de cambios. Y de contrastes. Y el que viene esperamos que sea de definiciones. Y que nos traiga mejores condiciones de vida.


 

Concluyó ayer uno de los años más sorprendentes y emocionantes de la historia de México.

 

Si algo Dejó en claro el 2018 es que a la sociedad mexicana le urgía un cambio. ¿Hacia dónde? Hacia cualquier lado, con tal de que fuera una ruta diferente o, al menos, una forma distinta de hacer las cosas.

 

Puede decirse que este fue un año ciudadano, no sólo por la amplia y abrumadora participación en las urnas, sino porque la sociedad civil organizada alzó de manera clara y fuerte su voz en temas clave, aun y cuando las autoridades no siempre supieron escuchar.

 

AHÍ ESTÁ el movimiento en contra del fiscal carnal que quería Enrique Peña Nieto y que terminó regalándose Andrés Manuel López Obrador. Están las movilizaciones en torno al 50 aniversario de la matanza de Tlatelolco y los cuatro años de Ayotzinapa. Y están, claro, las protestas que obligaron a dar marcha atrás al recorte presupuestal en el gasto para la cultura..CLARO QUE no todo fue miel sobre hojuelas, pues esa misma entusiasta participación dejó, tras el proceso electoral, a una sociedad dividida, polarizada, y pareciera que no está cerca la reconciliación vistos los mensajes que salen de Palacio Nacional.

 

UNO DE los temas que más han desconcertado del nuevo gobierno es su insistencia en cerrar los ojos ante las irregularidades del pasado. El Presidente ha repartido más perdones que Jesucristo, por lo que los corruptos celebrarán esta noche y todo el año.

 

En lo local hay grandes pendientes que se tienen que atender con la importancia que amerita. Está la entrampada iniciativa de la ley de movilidad. Está la respuesta que deben de dar las autoridades de los tres niveles de gobierno a los grandes problemas estatales. Hay mucho por hacer. Pero creo que la principal es restaurar la concordia que se fraccionó entre las familias por las contiendas electorales que todavía no terminan de irse.

 

La Paz. La Capital de este gran Estado y sus misterios. Hoy para iniciar este año, les comparto uno de ellos.

 

Oyes? Oyes? Son las campanas de catedral, que tañan a muerte. No escucho, nadie las toca, son murmullos del viento.

 

La Paz, 21 de marzo de 1870. Los rayos de sol de las once de la mañana,  cubren con su manto quemante, caliente un negro ataúd, abandonado en medio de la calle sin nombre-hoy Independencia- Esa calle que separa a la Iglesia y a un templo raro, recién construido.

 

Nadie se acerca al ataúd. Sólo hay piedras que avienta la gente que se esconde en los callejones cercanos. Y desde el anonimato en un coro de odio gritan.  " Maldito" " Quémate en el infierno"  " Brujo" Logio, lógio maldito"

 

El ataúd parece moverse ante la avalancha de piedras y denuestos. Pero nadie se acerca. Solo, solo. Lo cubre una bandera Austriaca. Y abajo de ella un estandarte con una escuadra y un compás. Un nombre bordado: Samuel Golder Prize.

La Paz,la Ciudad más lejana del mundo, tiene hoy en sus calles un ataúd. En la madrugada, amparados en la  oscuridad, hombres vestidos de negro, con espadas filosas con símbolos. Y capas,que arrastraban, después de oraciones y murmullos, lo colocaron ahí. Y antes de partir en un grito común que retumbó en varias calles a la redonda " Adiós Samuel. Los hijos de la viuda, te despiden " Chocaron sus espadas y se alejaron.

 

Y ahí quedo el Ataúd negro, negro como ese pasado indescifrable, inexpugnable de Samuel Golder Prize.

 

Samuel llego a La Paz en 1830. Muy joven. Arribo en un barco chino. Venía huyendo de Austria. Se le perseguía por el asesinato de su rival en amores. Hens Stratesburguer. Cuentan que Samuel pretendía a la esposa de Hens, la hermosa y virtuosa soprano Heidi Vania.

 

Una noche de gala en el teatro Imperial de la Corte  Samuel y Hans interpretaban a cuatro manos en piano,las melodías de moda y Heidi, las cantaba con su voz de diosa.

 

En el intermedio, al levantarse el telón, Hans, no se movió,  para recibir los aplausos.Su cuerpo inerte sobre el teclado. Y de su boca emanaba un hilo de sangre.

 

La función acabo en tragedia. La policia cerro el local. Y se iniciaron las investigaciones. Sin que fuera una contundencia, todos los ojos se posaban en Samuel. Y el veredicto de todos " El lo envenenó"

 

Todas las culpas en su espalda. Y para su mala suerte Heidi, lo hundió. Les confesó a los gendarmes que la acosaba con intenciones de amor.

 

Eso fue determinante para huir. Samuel recibió de su padre Samuel Golder Cummins, su herencia en vida. Y se la trajo a La Paz.

 

Construyó tiendas. E hizo el negocio de su vida con perlas y chinchilla. Exportaba vía Puerto Algodones todo lo exportable a California. Era un hombre rico. Y trabajador.

 

Al tiempo se enteró que el amor de su vida Heidi, había urdido el crimen de Hanz, para casarse  con un almirante Ruso. E integrante de la realeza. Eso le tranquilizó la conciencia. Pero ya no tenía planes para regresar a su patria. Aquí era feliz.

 

A los cinco años de vivir en La Paz, caso con Carmelita Formenti Arce. Una mujer demasiado guapa. Y de pilón muy culta. Fue un marido ejemplar para ella. Le impulsó sus pasiones. La danza, el canto. Y la escritura. La admiraba y amaba demasiado. Por eso cuando está murió víctima de la tisis, se fue con ella.

 

Si bien no falleció, cerró toda convivencia con la gente.

 

No hablaba con nadie. A sus trabajadores, los trataba con dureza. Se convirtió en un tirano. Sus tiendas abusaban de la gente. En las crisis recurrentes, incrementaba los precios de los alimentos.

 

Tapió su casa. Solo una pequeña ventana y una puerta de acero, eran los accesos.

 

Prestaba dinero a intereses exhorbitantes. Al no pagarle quitaba casas y terrenos. Refaccionaba al gobierno del distrito Sur. Y Cuando se postergaba el pago embargaba propiedades. Le gustaba humillar a la gente que clamaba sus préstamos  ¿para qué quieres el dinero? ¿Tienes muertito tendido? ¿Tienes enfermito en casa? Si la respuesta era negativa, no había trato.

 

Para cobrar tenía una cuadrilla de mulatos gigantes, toscos. Bajaban de las carretas a los deudores. A diario despojaban. Acumulaban en grandes bodegas cercanas al malecón las ganancias.

 

Violaba mujeres con toda impunidad. Mandaba matar a quienes osaban reclamarle sus actos. Formó encima de él, un tufo malioliente de odio y repudio.

 

El tiempo no se detiene. Y de la gallardía y belleza de ese hombre, solo quedo un cuerpo viejo, encorvado, que todos los días antes de caer el sol, paseaba por el malecón. Vestido con un traje negro y su bombín, pegándole al suelo con su bastón. Y caminaba con la vista puesta en el mar. Y recordaba su niñez, enHallstatt uno de los más bonitos, pueblos de Austria enclavado en medio de los Alpes, donde jugueteaba con su padre. O en Gmunden, que tanto le gustaba a su madre, que formaba parte  de la aristocracia del lugar, o en el paisaje de viñedos de Wiessenkirchen.  Suspiraba con los recuerdos.

 

En 1867 llegaron a La Paz treinta hombres misteriosos. Vestían de blanco. Y se instalaron frente a la parroquia. Y ahí empezaron a construir una casa gigante, con sótanos y grandes salones. Se usó madera fina, que llego vía marítima. Samuel se incorporaba con ellos todos los jueves a las ocho. Y por las noches hablaban de cosas raras. Aplaudían. Como que bailaban y lloraban.

 

"Son enviados del DIABLO" decía la gente. Otros más acusaban que ahí en ese local que para 1869 ya estaba terminado se hacían sacrificios humanos, en honor del santo cabrío.

 

El 20 de marzo a las seis de la tarde Samuel fue arrollado en el malecón, por un carromato que transportaba grandes barriles de vino de sus empresas. Las ruedas de madera y acero le cruzaron la cabeza, triturada. Era una imagen de terror. Ahí quedaron los restos. Nadie se acercó. El ejército acordonó el lugar. Y cuentan que a las doce en punto llegaron los hombres de negro. Y se lo llevaron.

 

Y aquí está ese ataúd, rodeado de piedras. Una bandera cuelga y un estandarte ha caído al suelo por el viento que llega por el norte.

 

Un viento que cubre las cuatro siluetas negras, que cargan en sus manos mechones encendidos que son arrojados al ataúd. Y este arde y despide un olor nauseabundo, de alguien que se murió mucho tiempo atrás. Descansa en paz.  Samuel. Hermano. Escuche decir hace tiempo cuando cruce por ese edificio, palacio de misterio.

 

·        Conversaciones con el diablo

Me siento feliz. En el recuento de los tiempos. Y en la revisión de mis logros en el año que fenece en estos instantes, los saldos son positivos. Dios con su inmensa e inagotable generosidad me da un halito de vida, para seguir disfrutando a mi familia, a mis hermanos, a mis amigos a mis lectores, y a mi estado. Adoro esta tierra hermosa que tiene el embrujo y el encanto que subyuga a los corazones. Deseo a todos que este 2019 sea ahora si el momento ideal para que las cosas cambien. Un abrazo...Y no olviden hagan el bien y sean felices