Noticias de BCS, México y el mundo.

Museo Experimental El Eco; Goeritz se pinta de azul Klein

29/12/2017 12:33 Por: Redacción Museo Experimental El Eco; Goeritz se pinta de azul Klein

· A partir de la idea del color en estado puro, seis artistas reinterpretan la relación que hubo entre ambos artistas hace medio siglo


CIUDAD DE MÉXICO.- Mathias Goeritz (Polonia, 1915 - Ciudad de México, 1990) e Yves Klein (Francia, 1928-1962) intercambiaron unas cuantas cartas en 1960. Era el intento de una colaboración, sin concretarse, para la revista Arquitectura México. A pesar de ser contemporáneos, era evidente la distancia geográfica y conceptual entre ambos artistas. Los dos sabían que desarrollaban su trabajo desde polos opuestos. Sin embargo, el alemán arraigado en México encontraba un eco en el francés. Una resonancia al entender ambos el arte como un territorio de acción.

 

Más de medio siglo después de esa fallida colaboración, la esencia estética de los dos se encuentra en el Museo Experimental El Eco. El espacio recibe el monocromo del francés en la arquitectura emocional del alemán. Se trata de la exhibición colectiva El día es azul, el silencio es verde, la vida es amarilla, título que se tomó de un poema escrito por Klein en 1952, mismo año en que Goeritz concebía el recinto museográfico. En ambos casos, lo que interesaba a los artistas era construir un espacio donde sucediera algo. Una acción estética.

 

A partir de la idea del color en su estado puro, Paola Santoscoy, directora del museo, invitó a seis artistas a exponer una obra que dialogara con ambos creadores. No sólo en términos del monocromo sino del propio espacio, y, sobre todo, del concepto del arte como acción. El punto de partida fue precisamente la torre amarilla que ocupa el patio del museo, que se cubrió con el color Internacional Blue Klein.

 

Son dos artistas que tienen ideas distintas, pero llegan a soluciones formales muy similares, casi idénticas con las obra de los dorados.  A pesar de la diferencia Goeritz admiraba mucho a Klein; la admiración venía justo de alguien que había tomado vías radicales en su posicionamiento frente al arte y reconocía a quien más lo había hecho. Entonces la exhibición lo que intenta hacer, mediante un gesto museográfico, es traer el color de Klein al espacio de Goeritz”.

 

Es la primera vez, dice Santoscoy, que el color de Klein se usa en una arquitectura en espacio abierto. “Me parece que se acerca a lo que Klein buscaba con sus obras de convertirlas en objetos independientes, autónomos”.

 

Las obras de los seis artistas que se presentan alrededor exploran la noción de un campo de acción más allá del momento histórico y sitúa el problema cromático como sustancia poética, explica la también curadora. El recorrido inicia con Claudia Fernández, que montó una serie de 300 objetos pintados con azul y puntos bancos simulando los utensilios de peltre. Las pinturas ocupan la sala superior del museo y refieren al universo exterior e interior de un color. Estas dialogan con tres cuadros dorados de Gonzalo Lebrija, que son una evocación directa a Goeritz en su propio museo.

 

Sigue una serie de cinco fotografías de Andrea Martínez que ella tomó del cielo; a cada una da el título con la latitud exacta donde hizo la imagen, pero esa referencia científica se vuelve abstracta dentro de un museo donde solo se mira un monocromo azul. Ésta se vincula con el conjunto de Yolanda Paulsen que son ubres de vaca y cabra en bronce reciclado con un corte transversal; por la pureza de la superficie ésta genera un brillo dorado que introduce lo animal y lo femenino al color.

 

En el área del bar se escucha un manifiesto sobre el azul que escribió y grabó Melanie Smith, y el trayecto concluye con el proyecto de Emanuel Tovar que consiste en recolectar pedazos de pintura de la escultura El pájaro de fuego, de Goeritz en Guadalajara; un acto que podría ser vandálico, pero que recuerda el color amarillo del museo.

 

Los artistas se abocan desde el color, el monocromo y hablar de cómo el color o la ausencia de éste puede ser un territorio de acción, discuten si el problema cromático no es cualquier color. Esto se complementa con la exhibición del MUAC que da cuenta de cómo no es solo el color azul el tema de Klein, sino el monocromo como una idea y el color podía ser cualquier otro”, apunta Santoscoy.

 

Incluso, continúa, si en algún punto se encuentran Klein y Goeritz en el dorado. Los primeros monocromos amarillos-dorados de Klein se corresponden en tiempo con los mensajes de Goertiz sobre este color. En ambos la hoja dorada significó una acción más allá de la historia del arte, y entre tantas diferencias entre los dos artistas, este color puede ser un epicentro para futuras investigaciones.

 

En las cartas que Goeritz envió a Klein le confesaba desconocer y poco entender su obra, pero reconocía a la vez la importancia del mismo. Y en ello sustentaba su interés para que el también profesional de Yudo escribiera en México. El pintor francés tardó en responder por cuestiones de salud, y al final no concretaron su colaboración.

 

Después de la muerte de Klein, Goeritz escribió para la revista Arquitectura México en 1962, un texto que tituló Una defensa: “Aunque mi obra se parece a la suya, en su esencia intenta decir lo contrario. Es que los extremos se tocan. La diferencia fundamental es que Klein daba un gran valor ‘artístico’ a sus obras (es decir: a sí mismo) y yo encargo las mías por teléfono (como Malevich lo había profetizado), considerándolas objetos decorativos que deben subordinarse bajo un conjunto para lograr así una atmósfera espiritual”.

 

Para Santoscoy mirar a los dos artistas en un mismo espacio significa entender “el campo del arte como un territorio que no tiene límites y el gesto de usar el azul para pintar objetos o un mundo, lleva el arte a un punto radical”.