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ABCdario - martes 12 diciembre 2017


· ¡Qué tiempos aquellos! … De descamisado a político


  

En 1990, mi papá (DEP) me entusiasmó a comprar una lancha: Él seguido iba a tirarle piola a los “cochitos” frente a los “Morros”, a un costado del Rosario; hay que comprar una para tirarles a las cabrillas, me decía. Yo no soy muy dado a la pesca por los problemas de vértigo que padezco desde ese entonces pero hice eco de su sugerencia; un día vio un “cascarón” de una lancha de dos quillas de 14 pies que vendían en 6 mil pesos, se le hizo barata y me entusiasmó a comprarla --ni él ni yo sabíamos de lanchas--, de manera que sin regatear la compre, recuerdo que traía un motor cabezón Mercury de 4 bujías hecho en 1960, cuando Eisenhower era Presidente de Estados Unidos.

 

Antes de echarla al agua le mande poner doble fondo de fibra de vidrio, bancas, lona para la sombra ¡ah! y un pequeño vivero para la carnada vida, le compre un par de cañas de pesca al Sergio Shimomoto y al “Toto” Caballero para ir “armando” el equipo poco a poco y claro está, un Tune up completo.

 

Cuando la “botamos” al agua en las pedregosas playas del Coyote me sentí Onassis en la isla de Skorpios. Ese día, el Toyota con el que jalamos el remolque se pegó una atascada que poco se desviela; Julio Calderón y Beto Ojeda, mis cuñados, lidiaron con la lancha en la orilla de la playa resistiendo la fuerte marejada, mientras mi papá y yo sacábamos el carro del atascadero; recuerdo que se día no pudimos verla surcar las aguas color turquesas del Coyote por la fuerte marejada, y a esperar otro fin de semana para “botarla”.

 

Mayra Alejandra, mi única hija mujer, tenía un año de nacida y en su honor la bautice con su nombre; Mayra I --el Mery Queen, la rebautizaría Raúl Rosseau después--. El siguiente fin de semana la “botamos” en el varadero de los Abaroa y enfilamos en dirección al Mogote donde quedamos parados a mitad del canal, el motor ya no quiso jalar, recuerdo que íbamos tres tripulantes, entre ellos un mecánico que se encargó de “echarla andar” limpiándole las bujías; llevábamos un bidón de gasolina de cuarenta litros que se “chupó” en menos de media hora. Ahí ya no me gusto su “desempeñó”, pero no dije nada para no contrariar a mi papá que lo veía muy entusiasmado.

 

Lo que pasó ese día fue una constante en cada salida; Carlos el “Guero” mi hijo, pronto se erigió en el capitán de la embarcación, tendría escasos 10 o 12 años, además se hizo experto en motores marinos, conocedor de las mañas para echar andar el viejo motor Mercury y limpiarle las bujías; en Semana Santa siempre las llevábamos a la playa donde acampábamos --precisamente en los “Morros”-- donde el “Guero” era quien la piloteaba, eso sí gastaba gasolina a lo loco y era además, quien “batallaba” para “botarla” al agua, lavarla con agua dulce de regreso y guardarla en la cochera, no así para mí que ya me traía muy decepcionado y lo que quería era deshacerme de ella: Un día llegó de visita a mi casa Raúl Rosseau y al verla me dijo, “oyes, pero si es una auténtica réplica del Mary Queen y con la misma ironía me advirtió, te voy a adelantar que “vas a tener dos grandes satisfacciones; la primera ya la tuviste cuando la compraste y la segunda cuando la vendas”.

 

A los días de la lapidaria sentencia de Rosseau la puse en venta; la anuncié en el periódico y estuve a punto de ofrecer una buena gratificación a quien me la comparara. Pasaron los días y nada de clientes hasta que un día me habló un profesor jubilado, Antonio Valle Núñez, un maestro ya mayor de edad, que le interesó; nos pusimos de acuerdo para salir a “probarla” citándonos un domingo a las 6 de la mañana en el varadero de los Abaroa, para esto un día antes me encargué de llevar el combustible y un juego de bujías nuevas --4-- y aceite para motor de dos tiempos; la vendía en 15 mil pesos al cash, pero como pronto me decepcionó nunca me preocupe por comprarle ancla ni remos; como ancla traía un cabo (mecate) de tres metros de largo con una piedra amarrada en una punta, y sin remos.  

 

El profesor llegó puntual al embarcadero, vestía una camisa hawaiana de vivos colores, short de mezclilla y sombrero de tela, acompañado de un nieto de 10 años. Recuerdo que llevaba dentro de una hielera un “docito” de pacifico, un par de manzana, naranjas, agua, refrescos y unos sandwishes de pollo; partimos del embarcadero sin ningún contratiempo surcando las tranquilas aguas del canal, ¡ah! pero al pasar frente al Seguro Social se apaga el motor; de inmediato le quite la tapadera del motor, las bujías, las limpié y las puse de nuevo y a darle al chicote para prender el motor y nada; veía al profesor molestó, susurrando entre dientes, media hora y nada, mientras la corriente que corría hacia adentro de la bahía, poco a poco nos acercaba al “muellecito”; pasamos frente al “muellecito” mientras la corriente hacía su trabajo, pasamos frente al muelle fiscal, cuando íbamos frente al parque Cuauhtémoc vi mucho movimiento y gente sentada en gradas sobre la playa a un costado de la palapa Estrella del Mar, y unas enormes bollas anaranjadas en el mar; estaba la competencia de la Nauticopa y la corriente nos lleva directo hacía donde se escenificaba la competencia, para esto, me tendí de panza sobre la proa de la lancha y con los brazos a modo remos acerqué la lancha a la orilla de la playa; ya en la orilla, frente al parque Revolución, el profesor me soltó una retahíla que sí le he hecho caso ahí mismo nos habríamos trenzado a chingazos, pero yo andaba más que otra cosa preocupado porque el único cliente potencial que cayó, estaba por perderlo.

 

Al ver que sería imposible venderla, la rifé; hice 10 números de mil pesos y el número que coincidiera con el sorteo mayor de la lotería sería el ganador, vendí --y fié-- los 10 boletos; se jugó el sorteo y sale beneficiado el número del Mundo Salgado, nada más que el Mundo no me había pagado el boleto, creo que era Oficial Mayor de Gobierno y le hablé para decirle que se había sacado la lancha, “que la volvería a rifar porque no me había pagado el boleto; de lo que te perdiste ¡lástima Margarito!”, no dijo nada y se quedó callado, al rato me habló Adrián Calderón en nombre del “Lic. Salgado”, para decirme que me llevaría el dinero del boleto y me preguntó dónde podía recoger la lancha; ese mismo día se llevaron la lancha.

 

Pasó el tiempo, ya no me acordaba de la lancha hasta que un día me encontré a Guillermo Salgado, en ese tiempo era Director de Gobierno y de Protección Civil, y me confió la “nueva” adquisición para Protección Civil en caso de que se presentaran evacuaciones y me llevó a verla, cuando la vi solté sonora carcajada, se trataba de Mayra I, la lancha que me había visto ver mi suerte; no le dije nada, solo lamente en mis adentros que Salgado, al igual que yo, era un neófito en cosas de lanchas. Qué cosas veredes Sancho.

 

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