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Argucias choyeras - viernes 21 julio 2017


• Cuentos y relatos de mi nana-niña “La muñeca de carne y hueso”

“Aún recuerda con claridad el momento, el llanto que avisaba la llegada de una nueva vida, alguien más se incorporaba a la familia. Pero ese mismo llanto le anunciaba que su muñeca no llegaría. Una vez más la espera por el juguete anhelado, a cambio tendría una hermanita, su muñeca de carne y hueso”.

 

Sus ojos brillan, como si estuviera en ese preciso momento, en aquellos tiempos de su niñez, cuando el pueblo (Santa Rosalía) donde ha entregado todos los años de su vida vivía aún parte de su máximo esplendor. La mina producía, los franceses aún regían el destino de la empresa. En aquellos tiempos, cuando no contaban con energía eléctrica ni las comodidades que la modernidad ha incorporado a la cotidianeidad.

 

Al ver su cara, puedo notar el paso de los años, cada arruga, cada “mancha de la vejez” (así les llaman) representa una experiencia vivida, añoranzas, inteligencia y amor por los suyos. Sus canas, que se resiste a pintar reflejan con brillo los años acumulados.

 

No estudió una carrera, fue poco el tiempo que trabajó, porque al enamorarse se dedicó por completo a la familia que formó. Muchos pensarán que solamente es una mujer más que vivió lo que debía, es decir, en su casa, sus hijos, amistades. Ni heroína de telenovela o aquella que estuvo pendiente al paso de la moda. Pero sus manos, fuertes aún, con dolores a veces atormentándola por la artritis, son muestra de la entrega, del corazón que imprimió; y sigue entregando, cada día en la cocina, preparando el café, en sus arreglos dentro de la casa.

 

La puedes encontrar sentada, ya sea en la entrada a la casa; o en el sillón justo frente a la televisión, donde le gusta ver programas que en la época de su niñez eran impensables, los famosos “realities shows”. Sus favoritos, el de las niñas que bailan ballet y el del sheff que hace pasteles en forma de todo tipo de figuras. Se ríe con una buena película. La parte favorita es contarle a quien llega a sentarse a hacerle compañía el final de cualquier película que haya visto.

 

Esos ojos brillan y demuestran emoción, tanto que contagia y sabes que la vida tiene sentido en las cosas más sencillas que ofrece. Su memoria sigue como una computadora recién comprada, relata anécdotas de su niñez, adolescencia, juventud como si estuviera viendo pasar cada palabra, detalle, suceso. Sorprende a su edad. Aunque su paso lento la delata.

 

Pendiente está de todo lo que pasa en su amado pueblo, del que pocas veces salió. Le sorprende tantas cosas que ahora se tienen y puede fácilmente comparar el esfuerzo que antes se hacía para salir adelante. Y espera siempre alguna visita a quien le pueda contar alguna de sus historias.

 

Podrán decir que las repite, eso es lo de menos, porque el deleite de escuchar su voz, verla sonreír y a veces expresar dolor por los que se han adelantado en el camino no se compara con nada, es un honor poder ser receptora de su conocimiento.

Fue así como una tarde contó sobre una Navidad, cuando esperaba anhelante abrir un regalo (el que tenía años anhelando), aquella muñeca con la que esperaba poder jugar en los momentos libres, porque también de niña debía apoyar en los quehaceres del hogar.

 

Con su voz, que al hablar pareciera que emite un “cantadito”, no es débil, pero sabe perfectamente modular para meter fuerza en la parte que el relato lo requiera. Así pues, siguió, “me acosté pero no podía dormir por la emoción de que al despertar podría tener entre mis manos por fin la muñeca que tanto quería”.

 

Pero su cara se transformó al recordar, cuando escuchó quejidos de su mamá, el alboroto para que llegara la partera. Y ella misma se vuelve a ver detrás de la puerta, al escuchar el llanto que anunciaba una noticia de lo más ambigua. Porque por una parte sabía que un nuevo integrante había llegado, lo que representaba algarabía general. Pero también entendía, en su conciencia de niña, que la muñeca tan esperada no llegaría.

Una sonrisa se dibujó, porque de nueva cuenta su corazón lleno de amor le recordó que la vida esa noche no le trajo su juguete, sino una hermosa muñeca de carne y hueso, su hermanita.

 

Eso no marcó su vida, porque de alguna forma en la inocencia de mi nana niña, siempre encontró la manera de darle el sesgo de amor a lo que ocurría. Además de que siempre encontró otras opciones para jugar y aprender. Porque a sus años, si algo le encanta es seguir aprendiendo, por eso la verán leer sin ningún problema, desde periódicos, revistas; no se diga libros con imágenes de otros lugares.

 

La Navidad es un momento especial, para atesorar en los corazones de las y los niños, esa ocasión para ella, en donde la alegría y decepción se unieron, le permitieron aprender que así es la vida; no todo lo que se quiere se puede tener, sin embargo de alguna forma te compensa.

 

A ti mi nana niña, ojos pequeños, brillantes, sonrisa reluciente, de plática amena, baúl de recuerdos, memorias, sucesos. En tu cumpleaños, con amor te recuerdo. A ti, Juanita Romero, que muchos años más Dios te conserve, llena de bendiciones. Mi nana-niña.