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Gran tribuna - miércoles 07 junio 2017


En los comicios para renovar autoridades la gente se las cobro. Muy poquísimos votos para el Partido gobernaré

Los ciudadanos premian y castigan. Ya falta poco para que lo hagan

Hoy que conmemoramos la libertad de expresión

Conversaciones con el diablo 

Castigo y premio. Dos palabras contundentes que decantan las elecciones. Vocablos que no envejecen con el tiempo. Me comento hace muchos años el maestro Trasviña, que conoció en sus viajes por el país una comunidad con centenares de baches. Era una exageración. Y a las autoridades estatal y municipal les valía un soberano cacahuate el malestar de la gente. Pasó el tiempo. Los baches ahí. Y entre los habitantes empezó a circular una jocosa expresión cuando caían en los baches. “pero nos veremos las caras en las elecciones" Era ya como una burla. Una chunga que se convirtió en acción. 

En los comicios para renovar autoridades la gente se las cobro. Muy poquísimos votos para el Partido gobernaré. Y ahí surgió una fuerza política importante. Esto fue en Michoacán en los años setenta. Quiero decir que el pueblo se cansa de los desgobiernos. En el Estado de México vimos cómo los ciudadanos ya le quitaron el apoyo al tricolor que de diez años a este pasado domingo ha perdido casi un millón de votos. Y si bien ganó de panzanzo hay registros de que ya no las tiene todas consigo y que por lo tanto tiene que aprovechar esta oportunidad que recibe. Morena creció porque Delfina es una candidata con certeza se le creyó. Y siempre al candidato que se le cree, que vende bien la propuesta es un abanderado que va en caballo de Hacienda. Si Morena quiere crecer más. Tiene en Delfina un excelente activo.

Estos son los premios. Los castigos no fallan tampoco. Por ejemplo yo le pregunto a usted querido lector ¿Votaría, otra vez por uno de los diputados locales que están vigentes? Me interesa su respuesta. Pero creo que la respuesta es que no. Yo le comparto la mía. Y es también que no. No hay la más mínima razón para ratificarles un respaldo con el voto, cuando no lo merecen. Está en síntesis es la magia de las elecciones, donde se premia y se castiga a quienes hacen las cosas bien. O aquellos que no las hacen. Y que de pilón se burlan de la gente. Me despido con este pensamiento: Al final cuando las diputadas y los diputados locales, sacien sus bajezas, mofetas  e incapacidades dirigidas a la sociedad, se darán cuenta que al final se estaban haciendo daño, ellos mismos. Que sigan las carcajadas pues.

Hoy que conmemoramos la libertad de expresión les comparto este recuerdo muy personal

La canción de mi mama María Manuela Jiménez, ¡Oh ¡paradoja no era la misma de mi padre, Quizás, quizás, quizás, Eran Los caminos de la vida. Y una vez me explicó que le gustaba mucho porque se acordaba de todos sus seres queridos. Mi madre, jugaba a ser la Policía fuerte. Mi papa era el policía bueno. Ella nos educaba con el garrote. Y don Pancho, con el apapacho. Un rol que funcionaba. 

Por ello cuando abandone el nido en Julio de 1976, para estudiar en La Paz, fui con los dos. Mi padre, me dio la bendición. Y mi madre, se sacó cien pesos del pecho y me los dio. Y con ellos, consejos al por mayor. Descuida de todos. Pero se humilde y servicial. Nunca niegues un taco. Y mucho menos un vaso de agua. Y como consejera sentimental, se aventaba. No te enamores de imposibles. Y se gracioso, porque te hice feo. Le escuchaba con veneración, porque sabía que tenía razón. Y con ese capital, modesto, porque mi familia no estaba renqueada en Forbes, ni mucho menos era de la alta sociedad en el Valle. 

Y así llegue a La Paz. Como era corresponsal de El Sudcaliforniano, pensé que tenía mi trabajo asegurado. No fue así. Y a buscarlo. Y lo encontré: de reportero en un gran periódico llamado el Tiempo de La Paz. Me abrió las puertas el desaparecido Alberto Antuna. Y el director y dueño, era un hombre especial; Luis Octavio Hernández León. Y digo especial, porque es un hombre culto. Un doctorado, un bagaje cultural excepcional. Y como periodista, sin par. En aquellos tiempos, ese gran diario se editaba en la Calle Republica en la colonia Ladrillera. Era tamaño Estándar, 40 páginas. Y una calidad periodística evidente. Mi sueldo eran mil quinientos pesos. Y me pagaban todos los martes. Burritos para Chávez, final.

Empecé en ese mismo Julio, todavía no cumplía mis diez y ocho años. Y mi cuota eran cinco notas. Me gusto el detalle que el director mando colocar a su diestra un pequeño escritorio y una vieja máquina Remington, para mí. Y ahí me sentí periodista. El primer día termine a las una de la madrugada mi trabajo. Di unos pasos y me puse frente al señor director. ¿Listo Chávez? Listo señor. Octavio Hernández, un hombre alto, moreno. Ojos penetrantes. Escudriñadores. Muy hosco, inexpresivo. Tomo mis notas y las empezó a leer. Por dentro me imaginaba que serían las principales de El Tiempo. Pero cruel desilusión. Agarro las notas, las hizo rollito y las aventó al cesto de la basura. Tras, tras, escuche, cuando llegaron al centro. Y ese tras, tras, retumbo en mi corazón. Y me alebresto los caballos de mis vanidades. 

Después de esa acción, me dijo con toda la frialdad “Hasta mañana Chávez”, salí a la calle, oscura, ladrido de perros, con un hambre cruel. Y el peso del sueño. Y a patín, cruce el cerro para caer en la calle Morelos y de ahí a Diez y Seis de Septiembre, en donde me hospedaba. Cuando venía, solté lágrimas, mentadas maternales. Pero no me raje. Al otro día, a darle. Y el director hizo lo mismo.

Al mes, de que mis notas quedaban en la basura, tomo una y me dijo: está bien hecha, pero te equivocaste en una palabra; decisión. Hazme por favor 500 veces la palabra. Esa noche, aparte del hambre, de las mordidas de perros, mis dedos estaban hinchados de tanto teclear esa palabrita. Al otro día, compre el periódico. Y ahí, en un rincón, estaba mi información en una pequeña columna: Electrificaran a San José de Magdalena. Por Jesús Chávez Jiménez. Me sentí, premio Pulitzer. Al llegar a escribir ese día, los demás reporteros me saludaron. Y me obsequiaban, hasta una sonrisita. Y como a las doce de la noche llegó el vendedor de comida. Y el director, mi amigo ahora, Octavio Hernández, grito con todas sus fuerzas; Burritos para Chávez. Yo invito. Y en silencio y con la garganta atragantada, por la emoción empecé a comer los burritos más ricos de mi vida. Y me acorde de mi madre, cuando decía. Un taco, no se le niega a nadie.

Dedico estas líneas a las vocaciones. Aquellas que van dirigidas al periodismo, bienvenidas.

Conversaciones con el diablo 

El oficio más difícil es cargar un ex. Así lo decían- se los escuche a dos grandes políticos de este estado. Y es cierto. El cargar con honor un pasado reciente, donde se desempeñó el mejor oficio en este terruño, que es la de gobernador es una gran responsabilidad. También vi que ex mandatarios como Félix Agramont, Ángel Cesar Mendoza, Alberto Alvarado, Víctor Liceaga, Guillermo Mercado y Marcos Covarrubias- el más reciente- fueron y son pulcros en esa tradición de respeto al gobierno vigente. 

Comento esto porque me da pena ajena, ver los desfiguras políticos de Leonel Cota Montaño y Narciso Agundez ex que se aferran a un pasado en el que ostentaron el poder y el dinero que ya no volverá. Escuchar acres comentarios por doquier por esta actitud y por su paso por el gobierno donde hicieron lo que quisieran con el cargo y con la gente. Dañaron familias, acabaron con los patrimonios públicos. Reprimieron a comunicadores. Y enfrentaron a vastos sectores sociales. Y debido a ello hoy pegados a un movimiento como el de Morena a grandes zancadas buscan desplazar a quienes con tiempo han trabajado para que crezca esa organización y ahora se les busca descontar y hacerlos un lado...

Y con esto nos despedimos. Felicidades a todos los periodistas... Y no olviden: hagan el bien. Y sean felices. A conmemorar nuestra libertad de expresión.