• Investigadoras e investigadores de la UABCS explican por qué son bioindicadores clave para entender el estado del planeta.
La Paz, Baja California Sur. -
Desde hace siglos, las aves han sido aliadas esenciales para comprender la
relación entre el ser humano y su entorno. Y aunque su presencia suele
asociarse a belleza o libertad, su papel en la ciencia y la conservación
ambiental va mucho más allá.
De acuerdo con especialistas
del laboratorio de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), las
aves funcionan como verdaderos “sensores ecológicos”, capaces de advertir
alteraciones ambientales antes de que éstas se vuelvan evidentes para los seres
humanos.
Los investigadores del
laboratorio universitario Mariana Fernanda Velilla Mendoza, Nallely Arce
Villavicencio y Víctor Ayala Pérez (los dos últimos también adscritos a
Pronatura Noroeste), explican que este vínculo entre aves y salud ambiental no
es nuevo.
“Hace muchos años, los mineros
llevaban canarios vivos a las minas para saber si era seguro trabajar bajo
tierra. No era por compañía: los usaban como una especie de alarma. Si el
canario se inquietaba o dejaba de cantar, significaba que el aire estaba contaminado
con gases peligrosos, y que los mineros debían salir de inmediato para no
correr peligro. En ese entonces, los pájaros eran un sistema de alerta
temprana. Hoy en día, siguen cumpliendo un papel parecido, pero a una escala
mucho mayor: nos ayudan a saber cómo está la salud del planeta”, señalan.
Los especialistas explican que
las aves pueden decirnos mucho sobre el estado de un lugar, por lo que se les
considera como “bioindicadores”, es decir, animales que ayudan a detectar si un
ecosistema está sano o está sufriendo algún tipo de daño.
Y si bien existen muchos otros
organismos así, como líquenes o ciertos insectos, las aves son particularmente
eficaces para este propósito por varias razones, entre ellas, están en casi
todos los hábitats del mundo, son fáciles de observar y reaccionan rápidamente
a los cambios en su entorno. Algunas necesitan condiciones muy específicas para
vivir, por lo que, si ellas están presentes, es buena señal.
“Podemos pensar en ellas como
un canario ecológico moderno que nos avisa cuando el ambiente está cambiando o
deteriorándose. Así como en el caso de las minas prevenían a los mineros, hoy
muchas aves nos alertan sobre problemas en la naturaleza, antes de que sea
demasiado tarde”.
Además, muchas especies
requieren condiciones muy específicas para sobrevivir, lo que convierte su
presencia en una evidencia poderosa del buen estado de un sitio. Uno de los
casos más conocidos ocurrió durante el siglo XX, cuando poblaciones de aves rapaces
como el Halcón peregrino, el Águila pescadora y el Águila calva comenzaron a
colapsar.
“Los científicos notaron que
sus huevos se rompían con gran facilidad. El responsable era el DDT, un
pesticida que se acumulaba en la cadena alimenticia. Gracias a que las aves
dieron la alerta, se prohibió su uso en gran parte del mundo”, explica Arce Villavicencio.
Décadas después, gracias a
políticas ambientales y programas de conservación, muchas poblaciones se han
recuperado, demostrando el impacto de políticas ambientales basadas en
evidencia científica.
De igual forma, el trío de
especialistas afirma que las aves ayudan a entender cómo está cambiando el
clima. Refieren que muchas especies migratorias han empezado a modificar sus
rutas o sus calendarios migratorios. Algunas llegan antes a sus sitios de
reproducción u otras se quedan todo el año en el lugar donde pasaron el
invierno, cambios que, sin duda, son respuestas al aumento de las temperaturas
y a la transformación de sus hábitats.
“En Norteamérica, por ejemplo,
el Colibrí garganta rubí ha comenzado a llegar antes cada año a su zona de
reproducción en Canadá. Otras especies, como el Carbonero cabecinegro, se están
desplazando más al norte. Estos movimientos nos indican que los ecosistemas ya
no son los mismos y que el clima está afectando directamente a las aves”.
Asimismo, hay fenómenos como
El Niño y La Niña, que alteran el clima de manera temporal, pero intensa.
Durante estos eventos, muchas aves marinas, como el Pelícano café y el Charrán
elegante, tienen menos alimento disponible ya que hay menos peces. Esto afecta
su capacidad para reproducirse, y se han registrado años con una disminución en
el éxito reproductivo, con abandonos de nidos y muertes de polluelos por
inanición. Su comportamiento da pistas claras de que algo no va bien en el
océano.
Otros ecosistemas donde las
aves, en este caso acuáticas, son herramientas clave de monitoreo ecológico,
consisten en los humedales, los cuales son altamente sensibles. La distribución
y abundancia de este grupo de aves puede verse afectada por una amplia gama de
variables ambientales y su presencia o ausencia puede reflejar cambios en la
calidad del agua, en la vegetación, o en la cantidad de alimento disponible,
ayudando así a determinar la salud del ecosistema.
Por ejemplo, si disminuye el
tiempo que un humedal permanece inundado, muchas aves que dependen de ese
hábitat para anidar o alimentarse dejan de visitarlo. También si el agua se
contamina por un exceso de nutrientes pueden crecer algas en exceso, ocasionando
un desequilibrio y provocando que los niveles de oxígeno en el agua disminuyan
y que, a su vez, desaparezcan otras plantas que muchas aves necesitan para
protegerse o que requieren como alimento.
Por otra parte, pueden
constituirse como un síntoma de restauración ecológica. Tal es el caso de
proyectos realizados en bosques, manglares o humedales, donde son una de las
herramientas más usadas para evaluar avances. “Si después de restaurar una zona
comienzan a volver especies que antes se habían ido, eso es una señal de que el
trabajo va por buen camino”, acotan en su estudio.
En parte, esto es porque a
diferencia de otros organismos, las aves reaccionan de forma rápida y visible a
los cambios en el entorno, lo que las convierte en herramientas útiles tanto en
etapas iniciales de restauración como en evaluaciones de largo plazo. Al mismo
tiempo, su observación es algo que cualquier persona puede hacer, lo que
permite que muchas comunidades participen en el seguimiento de estos proyectos.
Para Arce Villavicencio,
Ayala-Pérez y Velilla Mendoza, las aves no sólo adornan nuestro entorno con su
canto. También hablan del estado del mundo que compartimos con ellas. “Prestar
atención a las aves es, en el fondo, una forma de cuidar nuestra propia casa.
Porque cuando ellas desaparecen, algo está fallando. Pero cuando regresan, nos
están diciendo que todavía estamos a tiempo de cambiar las cosas”, puntualizan.