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Testimonios de alcohólicos: 'He perdido casa, familia y empleo'

viernes 17 noviembre 2017 | Por: Redacción | Nacional Testimonios de alcohólicos: 'He perdido casa, familia y empleo'

Si para algunas personas el alcohol es un balde repleto de fascinación y encanto, para otros es una bala de escopeta a punto de serles disparada en el rostro

 MÉXICO. 

En el marco de la celebración del Día Mundial Sin Alcohol, establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el fin de alertar sobre las consecuencias a la salud de la ingesta de esta popular droga, recogimos dentro de algunas cantinas los testimonios de quienes han encontrado en las bebidas etílicas el orgullo, la felicidad y la fuente de su sabiduría, pero también el origen de su amargura, fracaso y derrota.

RODRIGO, 30 AÑOS

Me inicié en el alcohol a los 16 años de edad una noche que un amigo me invitó a dormir a su casa, ya que no estarían sus padres. Lo que bebimos fue brandy con refresco de cola. Esa fue mi primera borrachera. Esa noche inició una peda que hoy, a mis 30 años, no ha terminado.

Cuando pienso en mi alcoholismo lo tomo con gracia y me es inevitable afirmar que en parte es culpa de mi papá, ya que él es un alcohólico de varias décadas. Incluso estuvo en Alcohólicos Anónimos (AA) durante cinco años, hasta que volvió a la borrachera con más fuerza. Hoy a sus 60 años, jubilado, bebe casi a diario.

En épocas navideñas me gusta recordar una noche que llegué de la calle y lo primero que vi al abrir la puerta de la casa fue a mi papá tambaleándose frente al pino navideño. El árbol, por fortuna, todavía no tenía colocados los regalos y, digo por fortuna, porque mi papá lo estaba orinando con canciones de Chavela Vargas de fondo. Un año después mi papá ingresó a AA y yo repetí su hazaña orinando en la estufa, donde mi mamá nos preparaba la comida.

En eso nos parecemos mi papá y yo: si estamos muy ebrios y con la mirada perdida podemos orinar en donde sea.

JULIETA, 34 AÑOS

Empecé a beber alcohol a los 20 años de edad. Acababa de terminar una relación de cuatro años y estaba confundida y triste. Una amiga comenzó a llevarme a todas las fiestas que la invitaban, pero también iniciaron los problemas en mi casa y en mi trabajo, porque ya cualquier día de la semana podía llegar tarde, cruda, ojerosa, cansada, de mal humor y con los nervios hechos pedazos.

Ahora tengo 34 años, dos hijos, un divorcio y una forma de divertirme que no es posible si no estoy borracha. La gente que me rodea piensa que disfruto mucho beber alcohol. Lo que no saben es que es frustrante no poder dejarlo. Además, su consumo es juzgado más duramente en mujeres que en hombres.

Lo mío es el alcohol, pero últimamente lo estoy mezclando con cocaína porque me permite no sentir los efectos de la bebida tan fuerte. Si inhalo un poco de cocaína la cago menos cuando estoy ebria. Hace nueve meses crucé la frontera para ir a un bar con mis amigas del trabajo que tengo en San Diego, California. Me embriagué como no debía hacerlo y para acabarla de chingar una patrulla me detuvo por exceso de velocidad. El policía gringo era muy guapo, pensé que si se la chupaba me dejaría libre. Pero no. Me esposó y me encerró en la estación de policía por unas horas. Del auto debí pagar mil dólares de infracción y me condenaron a asistir por seis meses a un programa de Alcohólicos Anónimos en California.

Uno de los momentos más penosos en familia sucedió la navidad del año pasado. Mis hijos y yo la festejaríamos en casa de mi mamá, o sea, su abuela. Lo malo fue que el día 23 de diciembre me salí a una reunión de amigos que terminó en un after que se prolongó hasta las siete de la tarde del día de Nochebuena, o sea el mero 24. Se supone que yo hornearía un pavo para toda la familia. En lugar de eso llegué a la hora de la cena navideña medio cruda, ebria, sin pavo y con una cara espantosa. De castigo tuve que salir a la calle a buscar una taquería para, de perdida, recibir la navidad con tacos de carne asada. Este año lo único que deseo es llegar sobria a la navidad.

GREGORIO, 32 AÑOS

No miento si digo que he perdido casi todos mis trabajos a causa de mi alcoholismo, una enfermedad que no me ha sido precisamente diagnosticada, pero sé que la sufro. Cuando estudiaba en la universidad trabajaba como repartidor del Pollo Loco. Como todos los fines de semana llegaba crudo y hambriento, me daba por pellizcar la comida que entregaba en los domicilios. Si me mandaban con varios paquetes, a cada uno le agarraba una pieza de pollo, una tortilla, un puñito de papas fritas o unas cucharadas de arroz. Aunque trataba de ser muy discreto, un día ya eran varias las quejas de los clientes que reclamaba por teléfono que los pollos llegaban a su mesa sin una pierna, sin un muslo o sin alas. Fui despedido de inmediato.

Al terminar mis estudios universitarios comencé a dar clases en una secundaria particular. Una mañana llegué prácticamente borracho a dar clases; solamente había dormido un par de horas. Mientras intentaba dar la clase de las ocho de la mañana, el subdirector, alertado por alguna secretaria, fue a buscarme al salón para pedirme que tomara una taza de café, metiera un puño de pastillas mentoladas en mi boca y no permitiera que los alumnos olieran mi aroma a cerveza. Me hicieron firmar un acta administrativa y el siguiente semestre no fui recontratado.

Un año después conseguí medio tiempo en una universidad pública en donde me prometieron que si le echaba ganas me quedaría con una plaza. Me emocioné tanto que al día siguiente de comenzar a laborar me fui a festejar mi nuevo empleo. Debido a que soy un alcohólico incontrolable, las únicas cuatro cervezas que según yo me tomaría se volvieron cinco caguamas y varios tequilas. Al otro día no acudí a trabajar. Entraba a clases a las ocho de la mañana y abrí los ojos como a la una de la tarde. Apenas tenía tres días laborando y ya había faltado. La coordinadora de la licenciatura, conocedora de los empleados de mi calaña, me suspendió para siempre. Una amiga que se enteró de mi situación se apiadó y me consiguió unas horas frente a grupo en una preparatoria en donde ella trabajaba. Ahí nunca falté y pude concluir el semestre sin ninguna inasistencia. Pensé que por fin había podido terminar sin manchas un semestre, pero el último día de clases supe que los alumnos de sexto semestre me apodaban El crudo. Creo que por mi mal carácter y mi constante tufo a alcohol. Lamentablemente mi apodo llegó a oídos de la dueña de la escuela. Nuevamente no fui recontratado para el semestre posterior. De nuevo me había metido por el culo un trabajo.

LOLA, 35 AÑOS

No me considero alcohólica, aunque bebo todos los fines de semana, y entre semana, desde hace 14 años. Por lo regular cuando llevo un elevado consumo de alcohol me meto un poco de cocaína, pero solamente para que me permita seguir tomando. Me gusta el alcohol porque me trae cosas positivas: mejora mi estado de ánimo, me desinhibe, me hace sentir contenta, valiente y más abierta en mis pensamientos.

A veces en la cruda no puedo con mi cuerpo, hasta siento que me dará un infarto por el esfuerzo que hago de estar despierta, pero sobre todo me hace ver demacrada y con más años de los que tengo y eso me deprime porque no me gusta cómo me veo frente al espejo o frente a mis alumnos. Un día llegué muy cruda a trabajar y un niño me dijo: "Miss, huele como mi papá huele a veces en la mañana, como a guácala". Me dio mucha vergüenza.

A pesar de todo creo que el alcohol es de las drogas menos fuertes, lo que sí, es que sacando cuentas, el 40 por ciento de mi sueldo se va en tomar: gasto como 50 mil pesos al año en alcohol, ¡no puedo creerlo!

MIGUEL, 45 AÑOS

He perdido casa, familia y empleo, una y otra vez. Mi mujer me mandó al carajo porque perdí un buen trabajo por alcohólico. Cuando me abandonó mi mujer me fui a vivir a casa de mi mamá. Durante seis meses seguí medio trabajando y chupando de a madre hasta que terminé tomando en la calle. Un día estaba en un parque donde se juntaba el escuadrón (alcohólicos en situación de calle) y un tipo que me estaba invitando el alcohol me dijo que me fuera con él a buscar qué comer. Llegamos a una plaza en donde un pastor religioso regalaba comida y daba su prédica. Me impacto tanto lo que dijo que terminé llorando, me llegó; me dio su tarjeta y me dijo que me podía ayudar. Me fui a mi casa a dormir. En la mañana me lavé los dientes, quebré la última botella que me quedaba de alcohol y me fui a ver al cabrón ese.

Durante meses no bebí, me recuperé físicamente y conseguí empleo. Ya no tenía la mínima intención de agarrar la borrachera. Al año de no estar tomando mi mamá falleció; lo bueno que fue en el tiempo que yo no tomaba porque la pude enterrar. Vendí su casa, invertí en tres carretas para hot dogs y me puse a trabajar, chingue a su madre, me puse a hacer billetes. Al tercer año me conseguí una pinche vieja loca como yo: orgullosa y deliberada. En el quinto año de trabajo me di mis primeras vacaciones de 10 días.

Una tarde fui al OXXO, agarré dos pinches six de cerveza y me los chingué ahí en el estacionamiento. Luego me fui a mi casa y como tenía botellas guardadas que me habían regalado durante años, destapé una... y otra, y otra, y otra. Pasaron diez días y ya no regresé al trabajo. En dos años le partí su madre a todo: vendí una moto, los remolques, los carros y por último la vieja se fue. Ya no tenía ni dónde vivir. Con mi último dinero agarré un autobús a Puebla con una vieja que conocí. Pensé que la volvería a hacer, pero no, volví a hacer las mismas pendejadas, dándole largas a la vieja para trabajar, haciendo mi desmadre y emborrachándome. Me aguantó tres años, hasta que un día que llegué a la casa encontré mis pinches maletas en la puerta y me fui de regreso a mi casa. Busqué a mis amigos de siempre, igual de chupadores que yo, y seguí tomando otros dos años.

Un día que no bebí me cayó el veinte: ya no estaba a gusto tomando ni cuando estaba sin el trago. Ya no me satisfacía, ya las fantasías de que la iba a hacer, de que era un chingón, ya no regresaban, era puro sufrimiento. Una mañana le robé dos botellas a un amigo con el que me quedaba a vivir y me fui caminando hasta el taller de unos primos. Les vendí una botella y me chingué la otra. Al día siguiente, ya que no había trago y que estaba todo tembloroso, salí en busca de ayuda. Duré otros dos años sin tomar, pero en ese tiempo siempre le estuve rascando los huevos al tigre, iba a cantinas sin beber, pero estaba ahí porque para mí la cerveza y estar entre las putonas es lo máximo.

Otra vez destapé la botella y otra vez me rompí la madre. Y otra vez a volver a empezar en busca de ayuda. Soy un enfermo alcohólico desde hace 25 años.

MANUEL, 42 AÑOS

Soy un alcohólico y no me avergüenza decirlo. Siempre había tomado, pero cuando mi esposa me dejó por otro hombre me deprimí tanto que me entregué de lleno a la bebida y hasta estuve a punto de suicidarme. Toqué fondo, como se dice. En esos días me despertaba en mi cuarto, solo, con un ojo morado por algún pleito, vomitando y tembloroso por la falta de alcohol.

Cuando mi esposa me abandonó simplemente se fue de la casa y se llevó a mis dos hijas. A los meses supe que me había dejado por un vato veracruzano que no toma alcohol, no se droga y no fuma. En ese entonces ella tenía 28 años y yo 35.

Un día una de mis hijas fue a mi casa y me dijo: "Papá, mi hermana y yo queremos regresar contigo, vivimos en un cuchitril". Le contesté: "Dile a tu mamá que si quiere se regrese también ella, pero sin su vato”. Con tal de tener a mis hijas, la aceptaría de vuelta. Al otro día llegaron las niñas y mi ex esposa.

Todo estuvo normal hasta que un día regresé por la noche, borracho, y vi que en la hamaca del patio se estaba meciendo el veracruzano. Me encabroné y me le fui encima, pero corrió. Mi ex esposa, hija de la chingada, le habló a la policía para decir que yo había llegado borracho a molestarla. Tuve que irme a rentar a otra colonia. Me alegó que mis hijas no tenían donde vivir y que mi alcoholismo era una amenaza. Me aventé como cuatro meses chupando cerveza hasta que se me acabó el dinero. Después vendí la estufa, la sala, el refrigerador y fue cuando comencé a entrarle a lo más bajo de la bebidas: Tonayán, Bronco y El Charrito. Aguardientes que no cuestan más de 25 pesos el litro.

Me entró una depresión que un día que estaba hasta la madre de pedo me valió, me paré sobre un balde y me puse una soga en el cuello que había amarrado a un árbol. Ya no quería vivir, comencé a llorar y de repente algo salió de mí y pensé que no valía la pena. Me bajé del balde, me tiré al suelo y me puse a llorar hasta que me desahogué. Uno como alcohólico hace cosas que no se deben.

Después de todo el desmadre de mi alcoholismo y mi intento de suicidio me metí a la religión. Iba a una iglesia católica en donde me aconsejaron cómo vencer a la bebida. Ahí me enamoré de una muchachita de 21 años, pero cada que íbamos a misa se la pasaba mirando a un güey nalgoncito y guapo. Me encabroné y la mandé a la verga.

Yo solamente quería rehacer mi vida, pero me encontré con otra decepción y caí nuevamente en el vicio. Nuevamente dejé de valorarme y aquí estoy bebiendo de nuevo, robándome botellas de whisky del lugar donde trabajo.